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NOTICIAS TEATRALES Publicación creada el 6-8-2002 / Esta es la edición de 15-5-2012

 

NOTICIAS TEATRALES
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¡A ESCENA!

 

Los intérpretes, actores y actrices que día a día crean sobre las tablas los seres humanos que un día se originaron en la soledad del estudio del autor, merecen nuestro respeto y, más aún, nuestra admiración. Ellos crean algo tan efímero y maravilloso como esa vida que termina al caer el telón. A ellos, a los intérpretes, dedicamos esta sección sugerida por nuestra colaboradora Anunciación Fernández Antón (Nunci de León) que se ocupa de escribir las semblanzas que abajo puedes leer.

¡A ESCENA! es la voz que advierte que ya no hay marcha atrás, que el intérprete es el dueño de todo mientras dura la representación. De ellos depende, con frecuencia, un éxito o un fracaso.

                  

Índice de ¡A ESCENA! 

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MARÍA ISBERT, GRAN CÓMICA DEL CINE Y EL TEATRO (1917-2011)

FERNANDO CONDE, ACTOR

LA VIDA DE LA VIDAL: MEMORIAS DE UNA VIDA LIGADA AL TEATRO

KITI MANVER

ASUNCIÓN BALAGUER

PEPE SANCHO: MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

PACO ALGORA

QUIQUE CAMOIRAS: UN CHICO DE LA CRUZ ROJA

PILAR MIRÓ: NADIE ME ENSEÑÓ A VIVIR

JOSÉ SACRISTÁN: EL ÚLTIMO CÓMICO DE LA LEGUA

LUIS CUENCA Actor  multidisciplinar

La Bardem. Nada menos que toda una autobiografía

CONCHA VELASCO: EL CARISMA INCANSABLE DE UNA CHICA YÉ-YÉ

FERNANDO FERNÁN GÓMEZ: EL GENIO INABARCABLE  E INCOMPRENDIDO

MANUEL ALEIXANDRE: GENIAL MAESTRO DE CEREMONIAS

JOSÉ LUIS LÓPEZ VÁZQUEZ: 40 AÑOS DE ESCENA ESPAÑOLA

EN HOMENAJE A ALBERTO CLOSAS, LA SALA PRINCIPAL DEL TEATRO MUÑOZ SECA, DE MADRID, LLEVARÁ SU NOMBRE

SAZA. EL PEQUEÑO DE LOS SAZA

MARY PAZ PONDAL

TEÓFILO CALLE

AURORA BAUTISTA la actriz que puso rostro a tantas heroínas

MARÍA FERNANDA D'OCÓN Y Mª JESÚS VALDÉS, DOS DAMAS DE ROMANCE

TIRANO BANDERAS SERÁ HÉCTOR COLOMÉ Y NURIA GALLARDO, LA MUJER

PACO MERINO: EL MEJOR EN SU PUESTO

AGUSTÍN GONZÁLEZ es uno de los pocos actores de los que se puede decir que llena el escenario

 

MARÍA ISBERT, GRAN CÓMICA DEL CINE Y EL TEATRO (1917-2011)

 

María Vicenta Ysbert Soriano, más conocida como María Isbert, nació en Madrid el 21 de abril de 1917 y murió en Albacete el 25 de abril de 2011. Hija y madre de actores, murió a los 94 años después de 75 años en la profesión.

 Su familia siempre estuvo muy vinculada a la localidad de Tarazona de La Mancha, allí tienen una finca con sus viñedos y su ermita a la Virgen de la Soledad, de ahí que ella se encontrara en Albacete cuando le sobrevino la muerte. La capilla ardiente de María Isbert fue instalada en el Teatro Circo de Albacete, donde permanecería abierta al público hasta el momento de ser trasladada al panteón familiar del cementerio de Tarazona de La Mancha, y por eso, más recientemente, el Circo Price de Albacete le ha dedicado un homenaje al que asistieron todos sus hijos y nietos y muchos amigos.

Esta actriz tan prolífica que intervino en 250 largometrajes, tuvo su debut en la obra dramática Nuestra Natacha, de Alejandro Casona, en 1936, en la que compartía reparto con su padre, Pepe Isbert. Junto a él trabajó a lo largo de ocho años en su propia compañía teatral. "En el teatro siempre he sido muy feliz, ahora estoy muy vieja y lo echo de menos, pero lo revivo otra vez a través de la memoria", eran sus palabras cuando en 2008 recibió el homenaje de la Academia de Cine, la placa que la reconocía, a sus 91 años, como miembro de honor de esta institución.  En esta ocasión, acompañaban a la  intérprete, sus hijos, y amigos como Manuel Alexandre, Pepe Sancho, Álvaro de Luna, Teresa Rabal o Tito Valverde.

 Muchas son las instituciones que le ha rendido homenaje por sus casi ocho décadas de carrera y ha tenido una vida larga en años y rica en aventura, en hijos y en trabajos de teatro, cine o televisión."A estas alturas lo único que sé es que la vida funciona como una tragicomedia maravillosa. Se anda entre susto y susto entre muchas cosas bonitas". Así era la vida para María Isbert, una de las grandes cómicas de reparto que ha dado el cine y el teatro español del siglo XX. Y se va sin celebrar sus bodas de platino con la profesión a la que se entregó durante tantos años sin perder nunca la ilusión por actuar, qué joven era.

Su padre, el gran actor Pepe Isbert, hizo lo imposible para que su hija no se dedicara a la revista sino que se preparara para la vida estudiando una carrera. Aunque, eso sí, en muchas ocasiones la actriz señaló que todo lo que logró fue gracias a su padre, que le advirtió que para ser una buena actriz había que prepararse. Pero la guerra impidió su proyecto y desde el principio no paró de trabajar.

 Se casó a comienzos de los años 1950 con el profesor de húngaro Antonio Spitzer y con él tuvo siete hijos, lo que haría que abandonase el teatro para dedicarse a su familia. No así el cine, en el que realizaría trabajos tan reconocidos como Recluta con niño, de Pedro L. Ramírez (1955);  El rey de la carretera (1956), de Juan Fortuny; Lo que cuesta vivir (1957), de Ricardo Núñez; Los ángeles del volante (1958), de Ignacio F. Iquino; y El gafe (1958), de Pedro L. Ramírez, El indulto, de José Luis Sáenz de Heredia;  Un rayo de luz, de Luis Lucía (1960); Viridiana de, Luis Buñuel (1961), La gran familia, de Fernando Palacios (1962), El verdugo, de Luis García Berlanga; Un demonio con ángel, de Miguel Lluch (1963); Más bonita que ninguna, de Luis César Amadori (1965); o La mujer perdida, de Tulio Demicheli (1966).

 La muerte de su marido en 1968 le hace volver al teatro, esta vez con la Alfonso Paso ¡Cómo está el servicio! para la compañía de la actriz Florinda Chico. A esta obra la seguirían otros éxitos teatrales como Milagro de Londres, Lo mío es de nacimiento, Los chaqueteros, Un espíritu burlón, El cianuro solo o con leche y El día que secuestraron a papá.

Igualmente en la pequeña pantalla dejó memorables interpretaciones, casi siempre de registro cómico, en series como Escuela de maridos (1963-64), La casa de los Martínez (1967-1971), al igual que en el exitoso Estudio 1.

A pesar de que su pasión era el teatro, llegó a participar en más de 300 películas. Su actividad en el cine hizo que estuviera unos años retirada de los escenarios, aunque en 1968 se reincorporó al teatro para intervenir en la compañía de Florinda Chico, en la obra de Alfonso Paso ¡Cómo está el servicio! En 1981 reapareció, una vez más, con Los chaqueteros, de Antonio D. Olano y un año después, estrenó Rematadamente locos, de Víctor Valldey bajo la dirección de Eugenio G. Toledano.

En noviembre de 1986 celebró sus bodas de oro en el teatro y ya convertida en una actriz de gran presencia en la televisión, interpretando un papel de cómica en la obra Patatús, dos años después rodó en Albacete Amanece que no es poco, del director José Luis Cuerda. Durante 1994 intervino en la grabación de la serie de TVE Villarriba y Villabajo. Sus últimas apariciones en el cine han sido en La Gran aventura de Mortadelo y Filemón, bajo la dirección de Javier Fesser, R2 y el caso del cadáver sin cabeza y Semen, una historia de amor de Inés París y Daniela Fejerman.

 Muchos son los que han aportado testimonios de su forma de ser en el escenario y fuera de él, con ocasión de los homenajes recibidos y todos los periódicos importantes le han dedicado sentidas despedidas: 

En teatro trabajó ya octogenaria con el escritor y humorista José Luis Coll en Cianuro... ¿solo o con leche?, obra de humor negro de Juan José Alonso Millán, que fue dirigida por el propio autor. Era una adicta al humor negro. Llegó a afirmar que había heredado de su padre el gusto por las noticias de sucesos: "Las veo todas, y mientras lo hago, paso un rato muy amargo. ¡Cómo son las cosas!".

El actor Pepe Viyuela fue uno de los últimos que trabajó con la actriz, haciendo de hijo suyo en Mortadelo y Filemón, la versión cinematográfica de los populares personajes de Ibáñez, que dirigió Javier Fesser. "Aunque Fesser la decía que no se forzara, ella replicaba que había que intentarlo, por encima de todo", relataba ayer Viyuela. "Ella preguntaba antes que nada qué había que hacer, lo intentaba y lo conseguía. Aunque era muy impactante trabajar con una cómica de su talla, ella te preguntaba, te consultaba, y te hacía sentir importante, nunca pretendía enseñarte nada y su humildad, y la capacidad de hacerte sentir actor, era impresionante", sostiene Viyuela.

Andrés Peláez, director del Museo Nacional del Teatro, trató a María Isbert en profundidad durante la entrega del Premio José Isbert de Teatro, en Albacete, a Mari Carrillo, gran amiga de la actriz desparecida: "El diálogo entre las dos actrices era absolutamente delirante. Como si lo hicieran Mihura y Jardiel Poncela. Es decir, el absurdo total. Pero si algo me quedó en el recuerdo, de María, era el amor infinito de una madre con sus hijos y nietos. Y viceversa. No he visto nunca tan claramente desarrollar en esto el papel de una primerísima cómica como lo hacía la Isbert", señala Peláez.

Creyente y practicante desde antes de hacer la primera comunión, Isbert declaró en más de una ocasión que desde muy pequeña comulgaba diariamente: "Los actores somos muy creyentes, todos tenemos los camerinos llenos de estampitas y hasta el más ateo se santigua tres veces antes de salir al escenario", decía. (Testimonios publicados por Rosana Torres, El País 26/04/2011)

Y éste es el testimonio que aportaba el 25 Abril de 2011 Lluís Fernández en la edición de Valencia de La Razón:

María Isbert fue una de las actrices cómicas más queridas y respetadas de la profesión. Su inclusión en un reparto era garantía de éxito popular.

María Isbert pertenece a la vieja estirpe de las geniales damas del teatro y el cine español, encabezadas por Guadalupe Muñoz Sampedro, Julia Caba Alba, Isabel Garcés, Mari Carmen Prendes, Rafaela Aparicio, Aurora Redondo y Mary Santpere. Muchas de ellas figuras centrales de las sagas de actores que han configurado la escena española como una gran familia. A falta de grandes intérpretes y galanes portentosos, España ha proporcionado a la escena patria geniales actores y actrices de reparto, cuyo físico, no muy agraciado, los empujaron a la comedia y a protagonizar colectivamente lo mejor y lo peor del cine español.

«A mí, por ejemplo, me ha merecido la pena no ser guapa porque había tantos papeles de secundaria que he trabajado en más de 300 películas con mis papeluchos», confesaba María Isbert en una entrevista. Además, la Isbert era parte fundamental de otra de esas sagas que unen el ayer del cine español con el presente. Su padre, Pepe Isbert,  es sin duda uno de los mayores actores del cine español y ella una magistral intérprete y madre del actor Tony Isbert.

Fueron tantos los papeles cómicos que protagonizó María Isbert en las comedias en blanco y negro de la posguerra, en el cine en color del desarrollismo y el destape del cine de la Transición que  resulta fácil encasillarla en el papel de chacha o maruja respondona y metete, de pelo alborotado y ojos abiertos y desafiantes pero siempre con un aire triste, conmovedor. Una actriz que robaba el protagonista a sus compañeros de reparto sin apenas notarlo en los pocos minutos que le dejaban los directores. Cada vez que aparecía la Isbert, la cámara se detenía, apenas un instante, para celebrar su singular fotogenia y lamentar las pocas veces que tuvo la oportunidad de demostrar lo gran actriz que era. Como hizo en el teatro y en películas tan dispares como «Amanece que no es poco» (1989), «La gran aventura de Mortadelo y Filemón» (2003) y en el corto «Envejece conmigo» (2005), de Alberto Moreno, en el que lograba una de sus mejores caracterizaciones en un papel de viejecita que encara, sin diálogo alguno, la recta final de su vida.

Yo, quien les habla, la conocí personalmente una mañana no hace muchos en años en el Ministerio de Cultura, un día en que se presentaba el Festival de Teatro de Málaga. Qué mujer tan espontánea, natural y acogedora. Trataba a todo el mundo por igual, no se le iban los ojos detrás de los organizadores, ni de los reporteros del corazón, sino que estaba agusto rodeada de gente anónima y joven que se reía con sus ocurrencias y admiraba su forma de expresarse, tan natural y tan cómica, lo llevaba en la sangre. De repente, ella tenía ojos sobre todo para su Tony, el actor Tony Isbert, único de sus hijos allí presente, y me dio la impresión de que ambos estaban muy unidos. Él iba y venía al tiempo que merodeaba a su alrededor, siempre pendiente de ella, y en un momento dado vi que ella  le cogía la mano y ya no se la soltaba hasta que él, forcejeando, se ponía de nuevo en marcha. Era un diálogo mudo que había entre ellos dos y que discurría paralelo al que ella mantenía con todos nosotros. Luego conocí a otro de sus hijos, empresario de éxito y escritor en la Costa Azul, en Cannes, José Spitzer Isbert, uno de cuyos libros contiene precisamente sus Historias inmortales, glosando la amistad entre su abuelo Pepe Isbert y Jacinto Benavente. Estas lecturas y estas amistades me dieron la oportunidad de conocer mejor en lo humano a esta gran actriz que se nos ha ido, y su gran conexión sentimental con sus raíces de La Mancha.  

 

 Nunci de León    Nunci de León  

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FERNANDO CONDE, ACTOR 

El nombre de su Compañía Darek Teatro hace honor a su pueblo Daroca (Zaragoza) pues Fernando Conde lleva muy a gala el ser aragonés y por eso vive en el Centro de Madrid, como tanta gente de provincias que aquí hemos llegado en busca de mejores oportunidades.

Me lo encuentro con frecuencia por el Barrio de la Letras, bien (o muy bien, mejor dicho) cruzando la Plaza de Santa Ana, bien (maravillosamente bien) leyendo teatro en el Ateneo de Madrid a petición de uno grupo de amigos, bien compartiendo tertulia improvisada en la barra de un bar (un bar cualquiera de los que se abren en cada portal de los de la zona más barera de España), dando con su porte, y sobre todo con su voz, lustre y carácter a unos lugares (los bares, el Ateneo) desde los que se accede fácilmente a los Teatros, ámbito genuino de su trabajo de actor. Allí, entre la gente que puebla y pulula sin mirar, encuentra él el trampolín necesario y justo para subir a los escenarios donde se cuece lo irrepetible. Porque Fernando Conde lleva con su humildad y bonhomía, el Teatro en el cuerpo, y por eso es fácil saludarlo, no se ofende ni se asusta de que lo reconozcas fuera de él, tampoco se enorgullece, puedes dirigirle y te contesta el saludo, con toda naturalidad intercambia contigo un buenos días o lo que corresponda sin más explicaciones, sin más complicaciones.

 Curiosa y ejemplar la trayectoria de Fernando Conde que ha dedicado las dos últimas décadas de su vida al Teatro. Lo que no sabe mucha gente es que este actor perteneció al mítico grupo humorístico Martes y Trece del que se salió en pleno éxito, como los toreros. Así es como narra él lo que fue esta azarosa hazaña para el periódico El Mundo en 2009, mientras hacía el personaje de Shylock en El mercader de Venecia: "Fue como un cuento de hadas. Éramos tres actores en paro y, con un atrezzo que cabía en una caja de cartón, ideamos un 'minishow'. Entonces, la CBS nos hizo un disco que, aunque no se vendió, nos permitió ir a un programa de Íñigo. En 24 horas, y gracias a un sketch de las trillizas de oro que acompañaban a Julio Iglesias, nos convertimos en un fenómeno". Éstos fueron los inicios de Martes y Trece, el exitoso trío humorístico que fundó en 1977 y que, con "las ideas agotadas" y una gran nostalgia por el Teatro, decidió abandonar en 1984.  

Desde entonces, ha compaginado las tablas con trabajos para el cine y la televisión, pero el Teatro -y en especial las obras clásicas- han guiado sus pasos. A la altura de sus casi 60 años, uno de los mejores intérpretes de la escena española ha resuelto que no está dispuesto a encarnar personajes que no le gusten.

 

CREADOR DE SU PROPIA COMPAÑÍA

Con el nombre árabe de su pueblo (Darek - Daroca), bautizó a la compañía que creó junto a su mujer, después de una amplia experiencia sobre las tablas a las órdenes de directores como Tamayo, Narros y Alonso de Santos, o de Pilar Miró en la película El perro del hortelano. Porque en plena madurez, llegado el momento como decían los antiguos de formar compañía para preparar, con cierta independencia, los títulos que más le conmueven, tiene en mente subir a escena un Molière que podría animarse a dirigir.

 De este modo, Fernando Conde produce sus espectáculos y Darek Teatro se estrenó en la producción con El lindo don Diego, de Moreto, en el Teatro Real Cinema; siguió adelante con El mercader de Venecia, de William Shakespeare, que se estrenó hace dos años en el teatro Infanta Isabel tras una larga gira por ciudades y festivales, y posteriormente, en el momento en que escribo, representa en el Teatro Lara David & Eduardo, una excelente comedia de Lionel Goldstein. Al interpretar al despiadado y rencoroso judío Shylock, un papel muy goloso para cualquier actor en su madurez, Fernando Conde se convierte en el principal atractivo de un montaje muy fiel a la tradición y con un respeto exquisito por este texto. Su voz, su gesto, su entonación y presencia escénica componían una actuación sobresaliente de Fernando Conde, aplaudidísima por el público que siguió con interés y sin cansancio un montaje que dura tres horas en adaptación de Rafael Pérez Sierra con dirección de Denis Rafter. Junto a Fernando Conde, Natalia Millán y Juan Gea, dos compañeros de armas de gran prestigio en la escena actual, entre otros.

 

VERANO DEL 2011. DAVID Y EDUARDO EN EL TEATRO LARA

Precisamente con Juan Gea interpreta en el Teatro Lara (Madrid) la obra David & Eduardo, Lionel Goldstein, un canto a la amistad entre hombres "ya maduros" surgida en las circunstancias menos apropiadas, una pareja extraña que surge de la maravillosa - espinosa- casualidad de haber compartido el amor por una misma mujer, de la cual cada uno de ellos descubrió facetas insospechadas para el otro, lo que habla de lo difícil que es conocer a una persona, sobre todo si creemos tenerla para nosotros en exclusiva y sin fisuras. Poner la mano en el fuego, que se diría, por ella, por la imagen que nos hemos forjado de ella. La aceptación de esta realidad sobrevenida dará nobleza al poseedor de la verdad absoluta, sobre su matrimonio y sobre él mismo, todo ello contado con las palabras más certeras y avalado por las voces y ademanes de estos dos genios de las tablas.

Una pieza preciosa y extraordinariamente divertida en medio de su profundo contenido filosófico y moral.

Fernando Conde es, además, un entusiasta aficionado a la tauromaquia, a la pintura, a las antigüedades, a la vida vivida con decoro y al refugio que proporciona el arte. Vive de alquiler, una forma más de no encadenarse.

En su casa del Barrio de las Letras, atesora muchos recuerdos a los que le une un gran vínculo sentimental, como la oreja que le brindó Paquirri en la corrida anterior a la de su cogida mortal en Pozoblanco. El actor aprecia la fiesta en su condición de tragedia griega y le otorga la categoría de arte efímero, como el teatro, algo con lo que no puedo menos que estar de acuerdo.

 

UNA TRAYECTORIA ÚNICA Y ENVIDIABLE DE COHERENCIA

Para completar su trayectoria, es emocionante recordar las palabras del periódico El Mundo en su reportaje ya aludido de 2009: "Su condición de "mal estudiante" le acercó a Madrid en 1971, tras ser reclamado por su hermano mayor -auténtico 'pater familias' desde el fallecimiento de su padre, cuando Fernando contaba 10 años- con la intención de quitarle "los pajaricos" de la cabeza. En la capital comenzó a estudiar para, comenta jocoso, opositar a la banca. Como no le fue bien, inició en una academia de la calle de Montera, sin mucha convicción, la preparación del acceso a una carrera de tres años, hasta que coincidió con un profesor "determinante" en su vida. Se llamaba Antonio Cruz y pensó en incentivar a los chavales montando 'La venganza de don Mendo'. Advirtiendo en el joven verdaderas dotes para la interpretación, le animó a realizar las pruebas de la Escuela de Arte Dramático. Una vez superadas, un Fernando "vago y poco madrugador" se transmutó en alumno "aplicado y lleno de ilusión". Adolfo Marsillach le contrató para la serie de televisión 'Silencio, estrenamos', lo que le apartó definitivamente de la escuela. Después llegaría el musical 'Gospel' y a continuación los tiempos "hermosos" de Martes y Trece. "Pasamos de actuar en un pub de Guzmán el Bueno, donde nos pagaban 5.000 pesetas por fin de semana a los tres, a cobrar 150.000 por gala en el 78", recuerda. A finales del 84, cuando dejó el grupo, su caché había subido a las 900.000. "Tuve tres pisos en Madrid, entre ellos un ático estupendo en Capitán Haya y un apartamento precioso en la calle del Prado". El montaje fallido de una obra de teatro le obligó a vender este último, pero Fernando Conde se siente, hoy, "cómodo y a gusto" de alquiler. "Mi casa es lo que hay dentro, no me embarcaría en créditos de por vida", afirma, aunque sí le gustaría tener una segunda residencia en Daroca." Pues, siguiendo con los clásicos, "es de bien nacidos ser agradecidos."

 

 Nunci de León    Nunci de León  

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LA VIDA DE LA VIDAL: MEMORIAS DE UNA VIDA LIGADA AL TEATRO

Ana María Vidal nace en el centro mismo de Madrid, Calle Esparteros, en 1944, muy cerca de la Puerta del Sol y de la iglesia de Santa Cruz, lugares ambos muy amados por su memoria. Era de origen humilde pero su padre era un hombre culto, gran aficionado al teatro, aunque por desgracia se le murió muy joven. Tras cursar estudios en la Escuela de Arte Dramático de Madrid, donde ingresó con apenas 9 años, al acabar el primer curso fue la niña en La rosa tatuada de Tennesee Williams, con Miguel Narros, y con él se fue de giras por España ese verano. Empero, su primera experiencia interpretativa de fuste fue en la obra Los años del Bachillerato (1960), con dirección de José Luis Alonso, director al que nombra con holgura, obra en la que conoció a la también debutante Tina Sainz. Eran los años en que las compañías se iban de gira por toda España, particularmente en época de Ferias, en las que coincidían con los toros.

También son amados por su memoria directores teatrales como Modesto Higueras, José Luis Alonso, Miguel Narros, Pedro Osinaga y su familia, Antonio Guirau, Gustavo Pérez Puig y su mujer Mara Recatero, hay tantos y tantos amados en sus memorias que prácticamente la escena española del último medio siglo tiene cabida en ella. Y cabida amada. Entre los actores, son legión los que compartieron protagonismo y reparto: Sus queridísimos Tina Sáiz y Pepe Rubio, Fernando Delgado (padre e hijo) y otra vez Pedro Osinaga (también padre e hijo), Jaime Blanch, su ídolo y maestro Vicente Parra, Jesús Puente, Alicia Hermida, Lola Herrera, Ester Bellver...

 Por citar sólo un estreno en el María Guerrero, Cerca de las estrellas de Ricardo López Aranda (1961), el reparto era el siguiente: Milagros Leal, Antonio Ferrandis, José Bódalo, Lola Cardona, Enriqueta Carballeira, Fernando Marín, Manuel Galiana, Carlos Villafranca, Gonzalo Cañas, Alberto Alonso, Sonsoles Benedicto, Luisa Hermosa...

Baste decir que todo el que era alguien en la escena, amén de todos los teatros en todas las plazas importantes de España (por el verano hacían con sus giras la misma ruta que los toreros) salen en sus memorias como protagonistas de las mismas y amados por su corazón: Bilbao, San Sebastián, Gijón, Vigo, Sevilla, Cádiz. Habría que enumerar a toda España con todos sus teatros y muchas de sus familias ilustres, dentro y fuera de la escena, para dar un resumen cumplido de lo que ella ha vivido en su rica carrera de actriz.

 Pero es que en general la actriz Ana María Vidal es una persona tan amable, tan bella en el más puro y genuino sentido de la palabra, que raro es el compañero de giras, o director de casting, o compañero de fatigas en general (no es fácil encontrar pensión barata en las Ferias veraniegas de España) del que no hable bien. Se llevaba bien con todo el mundo, tenía compañeros maravillosos de los que era devota y aprendía a rabiar, idolatraba a su familia y todos se adoraban entre sí y se apoyaban como leones: Su madre cuidándole a su hijo, bien en casa bien yéndose de gira todos juntos, sus tatas tan entrañables hasta que se morían de viejas o se iban para casarse.

Cuando en su vida hay un pequeño incidente (como cuando su padre la llevó a que la conocieran los familiares de Jaén), ella lo cuenta con todo sentimiento. O como cuando le robaron la paga del bolso, dejado en el camerino durante la función. Eso cuando se anda justito, y los inicios de Ana María fueron humildes por lo que su paga hacía falta en casa, sienta muy mal. Sus desgracias familiares son vividas por el lector como propias y en carne viva, merced a esa empatía que ella transmite: la muerte de su padre, la enfermedad de su hermano... Son golpes demoledores que sólo supera con más trabajo y apoyándose mucho en los que la quieren.

 Pero la mayor parte de su vida está jalonada de sucesos extraordinarios, encuentros maravillosos y casualidades salvadoras. Estas Memorias son, por ello, una bendición, y su lectura deja la sensación de alguien que ha pasado por los escenarios haciendo amigos, viviendo y aprendiendo de todo y de todos. Y que sigue en activo, aunque ahora más calmada, en cine y sobre todo en la televisión.

Su vida privada ha transcurrido paralela al teatro: Eran una familia, sus relaciones eran estrechas, era la época en que había dos funciones diarias. Por ello, las dos parejas de las que habla en sus memorias, las conoció cómo no, en los ámbitos del Teatro: Estuvo casada con el director, productor y actor Vicente Haro. Su hijo, que aunque abogado de carrera, se dedica a la promoción de artistas, también se llama así, y su actual compañero se llama José Manuel Paulino y es regidor, mientras escribo estas líneas, en el Teatro Español.

Vive en Brunete, pueblo que con su nombre le dedica un Festival desde hace años, como antes vivió en General Pardiñas, más tarde en calle Viriato, tuvo el primer piso comprado en el edificio Galaxia de Moncloa... Todo te lo cuenta con amenidad y sencillez en estas memorias que acaba de publicar la editorial T&B bajo los auspicios de AISGE en una colección que bajo el título Memorias de la Escena Española dirige el actor Juan Jesús Valverde, a quien debo que este ejemplar haya llegado a mis manos

 Entre otras obras, destacan: Ocho mujeres (1961). El cianuro ¿sólo o con leche? (1963). Nunca es tarde (1964). Enseñar a un sinvergüenza (1968). Juegos de medianoche (1971). Sé infiel y no mires con quién (1979). Entre mujeres (1988). Durante los años en que Gustavo Pérez Puig dirigió el Teatro Español, fue la protagonista indiscutible de funciones que tuve la suerte de presenciar: La venganza de Don Mendo (1998). Los habitantes de la casa deshabitada (1999). Misión al pueblo desierto de Buero Vallejo, (1999). Don Juan Tenorio (2000), Celos del aire (2003), Melocotón en almíbar (2005). La decente, de Mihura (2008).

 Televisión.- Fue durante los años sesenta y setenta, una de las actrices que más se prodigó en los espacios de teatro televisado que por aquella época emitía Televisión Española. Sus viajes a Prado del Rey eran diarios y, cuando se terciaba, compaginados con sus dos actuaciones diarias en los Teatros de Madrid. Su primer contacto con el medio fue un papel en la obra Matrícula de humor en 1960. Siendo una de las actrices más fieles al medio televisivo, en los siguientes años los personajes que interpretó en espacios llamados Estudio 1 o Novela teatral superaron el centenar.

Ana María Vidal sigue en activo. Y sigue siendo espléndida.

 

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

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KITI MANVER

La actriz Kiti Manver nació en Málaga, concretamente en Antequera, hace 57 años. Mujer trabajadora y a la que le gusta ganarse los trabajos por méritos propios, mujer amable y afable, humilde y que procura estar siempre de buen humor para facilitarles las cosas a todos los que la rodean, no ha desdeñado ninguno de los medios en que el oficio de actriz se hace. Se hace y se nace, porque ella es muy consciente de que éste es un oficio que hay que ganárselo día a día, como si uno estuviera de continuo examinándose.

Acabo de verla en el Salón de Cristales del antiguo Ayuntamiento de Madrid recibiendo el Premio Puerta de Toledo en su XXXI edición y veo que está de gira por España con la obra de Teatro “Tres”, de Juan Carlos Rubio, actividad que compagina con la televisión donde protagoniza, en un formato sitcom, la obra de teatro “Los quien”, junto a Javier Cámara, Julián López y María Pujalte.

En cine, ha sido premio Goya a la mejor actriz de reparto en 1991 por “Todo por la pasta”, de Enrique Urbizu, y ha trabajado con grandes directores en múltiples papeles, desde la comedia hasta el drama. 

En Teatro, se ha puesto desde 1969 a las órdenes de los más grandes directores que en el teatro de España han sido: Pilar Miró, Miguel Narros, José Tamayo y el citado más arriba Juan Carlos Rubio. Con ellos ha representado obras inolvidables con títulos como “Hijos de un dios menor”, “Divinas palabras” , “Ay Carmela” y “Tres”, actualmente de gira por España.

Para todos sus compañeros tiene siempre palabras de ánimo y aprecio: “Siempre traía alegría, jamás se quejaba”, dice a propósito de Juanito Navarro, el actor de comedia fallecido recientemente. Pero Kiti Manver es además una chica de revista, una actriz de esas todoterreno que lo mismo canta y baila que actúa, en un género dificilísimo, tan aparentemente banal, pero en el que hay que ganarse a  pulso al público: con las curvas, la simpatía y la gracia para no quemarse entre tanta lentejuela.

Se emociona la actriz con la música que Ennio Morricone compuso para “La Luz prodigiosa”, de Miguel Hermoso, película en la que ella es también protagonista y cuya banda sonora acompaña por un momento las palabras de agradecimiento de Kiti Manver al recibir el Premio Puerta de Toledo el 24 de enero de este recién estrenado año 2011, que recibe como madrina del XXXI Festival de Cine español de Carabanchel.

Y después, ¿qué? Después, hala, a trabajar, a contestar una y otra vez a las mismas preguntas que parece que nadie ha escuchado lo que ha dicho un momento antes, a dejarse retratar cuantas veces quieran, a ser encantadora y accesible con todos sin perder la pátina esa tan difícil del glamour que ella tiene. De cerca resulta todavía más bella y así se explica que no deje de recibir ofertas de trabajo. Ella misma se encargó de subrayar muy bien que muchos de sus compañeros, como Manuel Galiana, ausentes de aquella Gala de Presentación que tenía lugar al mediodía soleado de Madrid, lo eran por razones de agenda. Pues que siga la buena racha laboral. Y que no falte

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

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ASUNCIÓN BALAGUER

Asunción Balaguer nació en Manresa en 1926 y vive actualmente en Alpedrete, una localidad cercana a Madrid. Es conocida por el gran público por haber sido la compañera y esposa, madre de sus hijos, etc. del actor Paco Rabal. Por él dejó el teatro, al que ella se dedicaba cuando le conoció (él estaba intentando llegar: era electricista y cuantos oficios se terciaran de camino a lo que sería su gran pasión, el oficio de actor). Ella lo dejó todo al casarse, para cuidar a los hijos, acompañar al marido y llevar la casa. Sólo mucho más tarde, muerto ya Paco Rabal (que había nacido en Águilas y murió en Burdeos en 2001) pudo Asunción volver a plantearse el hecho de volver a pisar las tablas, cosa que hizo en 2005 con “Al menos no es Navidad”, de Carles Alberola, en el Teatro Bellas Artes, tan ligado a sus orígenes.

En sus memorias, escritas bajo el título “Si yo te contara” por el periodista Agustín Cerezales, cuenta Paco Rabal cómo conoció a su Asunción: “Era el año 1947 y acababa de ingresar en la Compañía Lope de Vega, de José Tamayo, que representaba a los clásicos: Tamayo me fue presentando a todo el mundo, había muchos granadinos (Tamayo lo era): Carlos Lemos, qué grandísimo actor, Maruchi Fresno y Asunción Balaguer… Qué hermosa estaba María Asunción. Rebosaba alegría y juventud. Llevaba puesto un jersey con un cangrejo rojo que no se me olvidará en la vida. Consideré imprescindible tener un detalle con ella y sabiendo que era catalana le dije: Oye, sabes el chiste de aquel negro que decía: Quién fuera blanco aunque fuera catalán.”

“Más tarde me diría que le parecí un botarate. Buen comienzo.”

Precisamente en estas memorias, cuenta Paco que sus dos referentes en la vida eran su hermano Damián y Luis Buñuel. Cuando algo no sabía qué hacer con ello ni qué dirección tomar, bastaba con que pensara la cara que iban a poner ellos para saber si estaba bien o mal. Y si estaba mal y lo hacía, no era hombre. Más tarde, su referente sería cada vez más y más su mujer Asunción, con la que a fuerza de trabajos, alegrías y dolores, pasó a tener una relación de amistad mucho más grande que el amor que en un primer momento podían sentir. Ella era en efecto conocedora de sus debilidades y precisamente apreciaba la grandeza y la sinceridad de que se las contara.

Con él tuvo dos hijos, Teresa y Benito, ambos dedicados a la interpretación. Su nieto Liberto Rabal también es actor y director, recientemente lo hemos visto en la serie “Amar en tiempos revueltos” en un papel de periodista duro y malo, perverso.

Contaba una vez Asunción Balaguer que su marido cobraba más derechos por dos cositas hechas en Francia que por todas las películas de su vida en España. Espero que no fuera ésa la razón para que María Asunción cogiera de nuevo los trastos de actuar. Desde que volvió, no ha parado de hacerlo, se ve que el talento seguía latente en ella. Y no necesita más, dice que para ella eso es como el pitillito de la risa.

En la primavera del año 2009, Asunción Balaguer vuelve a los escenarios con "El tiempo es un sueño", un homenaje a una obra homónima de Lenormand que ella había interpretado a los 18 años sin comprender nada, dice ella. Sólo que ahora la protagonista es ella, la obra trata de ella misma, de su vida al lado del Paco Rabal, sus más de 50 años juntos, lo reído y lo llorado junto a él y aún después de morir él. La obra, compuesta y dirigida por Rafael Álvarez el Brujo, a partir de una grabación de 16 horas en que ella se explaya, es una verdadera terapia para ella, que sólo en presencia de amigos se podía dar.

Siempre habrá secretos que no cuente, y hará bien, “en ese momento nos dimos cuenta Damián y yo de la gran persona que era Asunción”, constata Paco en una frase de sus citadas memorias.

Yo también he hablado alguna vez con Asunción Balaguer y he visto lo gran persona, humana y naturalísima, que es. Tanto que a su lado te sientes tranquila y la dejas que hable, ella te trata como de la familia sin preguntarte nada. La he visto retratada en una galería de arte de la Costanilla de los Ángeles, algún fotógrafo que se enamoró de su cara y no me extraña. El domingo 16 de enero de este 2011 recién estrenado ha declarado a un periodista que ahora, por fin, es completamente feliz y que además se siente con derecho a serlo. Y yo me alegro.  

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

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PEPE SANCHO: MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

Media entrada del Teatro Bellas Artes en una fría mañana de noviembre de 2008. Pepe Sancho presenta sus memorias tituladas como él mismo, Pepe Sancho. El libro, grueso pero que luego resultará de una gran amenidad, se edita bajo el sello de Ediciones B. La media entrada es toda entera de famosos. "Si esto fuera una función, las he tenido peores", se felicita el protagonista.

Pepe Sancho está pletórico al inicio de la presentación de su libro en el Teatro Bellas Artes. Este teatro perteneció a José Tamayo, personaje que lo influyó grandemente al dirigirlo en Enrique IV, de Pirandello, por eso la obra que estrenará de nuevo el 3 de diciembre [de 2008] en esta misma sala del Bellas Artes, el Teatro de Tamayo: Enrique IV de Pirandello. Las celebridades que casi llenan la sala al final de la presentación (han ido llegando unos tarde, otros medio tarde, ya a función empezada) son compañeros de rodajes y de montajes, periodistas y hasta presentadores de telediarios y gentes de la cultura en general que apoyan al actor, tan ensalzado por la crítica seria como vapuleado por la prensa del corazón a la que él llama basura y ha mandado más de una vez "a mamarla". La expresión la repite Raúl del Pozo con fruición, acompañante en la mesa, recreándose en ella, regocijándose de que alguien haya tenido las agallas de usarla ante las cámaras.  

"He escrito este libro para poder expresarme con libertad. Trabajando desde los 6 años, creo que tengo suficiente bagaje para poder decir lo que quiera. Lo que me dé la gana -enfatiza-. No pretendo que sean unas memorias al uso, sino los episodios de mi vida que más me apetece mostrar".

 No habla Pepe Sancho sobre su vida privada, no quiere y punto, ni contestará más tarde a preguntas, calificando de basura a los compañeros que tal esperan, que a tal le incitan con el manido pretexto de que "tienen que ganarse la vida". "Sois basura", señala Pepe con su índice de campesino una y otra vez sin entrar a considerar que sí, que existe esa forma de ganarse la vida hoy en día que los de pueblo no entendemos: El preguntar por lo que duele, revolver en lo que jode hasta que el grano (o el callo, o la llaga) reviente. Lo cierto es que Pepe Sancho en el teatro ha hecho de todo, desde empresario arruinado que fue del Alfil, tras lo cual tuvo que huir al Paralelo barcelonés acosado por las deudas, hasta galán joven en un teatro ambulante, y maduro por España y América (mas varias pérdidas personales dolorosísimas), para llegar a su consagración definitiva con Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, primero en Mérida luego por toda España (Madrid y los teatros de la Generalitat) de la mano del director italiano Maurizzio Scaparro.

 El libro puede leerse como una novela de aventuras y a ratos como una novela picaresca por donde desfilan los más curiosos y aguerridos personajes de la Historia de España (el marqués de Villaverde y las nietas y nietos de Franco, sin ir más lejos) compañeros que fueron en ocasiones de quien tuvo que ingeniárselas para engañar al destino y que llegó a robar hasta el pan (o las mantecadas y el vino de misa a un cura samaritano) para sobrevivir.

De una familia humildísima, veía cómo sus honrados padres eran incapaces de salir de la miseria. Esto, junto con el hecho de ver en el cine de su pueblo (Manises, de que es hijo adoptivo) que Humphrey Bogart tiraba los cigarrillos nada más encenderlos, le llevó a creer firmemente que quería ser actor porque allí tenía que haber mucho dinero. Fue así como, siendo aún adolescente, se fugó hasta tres veces de su pueblo y llegó a acabar en la cárcel porque estas fugas constituían todo un delito. Aventura tras aventura y las desventuras entremezclándose, siempre vio la manera de salir del fango y cuando más metido estaba en él, lo llama Maurizzio Scaparro para hacer de Adriano, "a Maurizzio le importaban un pito tus andanzas, lo único que le importaba es que fueras un actor", algo sorprendente en el panorama español al uso, por lo que se ve. '

Divertidísima lectura y toda una lección de vida.

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

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PACO ALGORA

Uno de mis descubrimientos del FIT 08, amén de la tumba de Camarón que descubrí en una de mis personales navegaciones por aquellas mañanas de encerrona en medio de la laguna salada que son Las Marismas de San Fernando, fue el actor y personaje Paco Algora, que ambas categorías reúne en sí y por sí mismo, tal vez por lo bien que ha asimilado los muchos y monumentales papeles que ha desempeñado sobre las tablas o ante las cámaras a lo largo de su carrera, que para un actor es como decir "su vida". Por supuesto que lo conocía muy bien del cine (La colmena, de Camus, Tiovivo, de Garci) y sobre todo del teatro (Romance de Lobos, Luces de Bohemia) y que había charlado alguna vez con él en Madrid, pero siempre de pasada, un actor que ahora escribe libros, qué extravagancia, y que los vende al que se deje, en fin, para salir corriendo. No imaginaba yo el pedazo de persona ante el que me encontraba. Una persona que, cabreada y todo hasta la médula, se te hace presente de una manera tan amena y divertida, que sólo su intensa preparación clásica y sus largas y obstinadas peleas sobre las tablas pueden lograr. A esta vida se unen una cara y una voz que se te hacen ya inolvidables. Unforgetable Paco, el rato que nos hiciste pasar aquella aburrida mañana del FIT.  

 Día 18. Amanece con lluvia, pero luego levanta. Tengo la mañana errante, aquí dentro veo pasar las horas sin salir más que al centro comercial (claro, he venido a Cádiz a comprar), veo los foros desde la puerta del salón Bahía 4, así llamado, donde se celebran los eventos FIT, asomo la jeta pero ni entro: estoy como si acabara de oírlos a todos. Soy la única que falto en las listas de las teatrólogas moderadoras de foros, se ve que no tengo ningún conocido en la confección de las mismas, lo que me llena de agradecimiento casi hasta las lágrimas.

 Me interesó, y no me decepcionó al final de la mañana, la lección magistral de Paco Algora. Nos leyó un extracto de sus versos, versos bruñidos y radiantes que muy pronto verán la luz, y que ahora están en folios que él alza y abandera, su autor, como un cruzado mágico del cabreo unamuniano y salmantino: escribir en España es llorar, dicen que dijo Larra o cualquiera de ellos, con el cabreo muy bien ganado desde su casi retiro de Jerez. 

 El libro se titulará, si no le disuado a tiempo, Romance de locos. Yo, por su condición de octosilábico y por el contenido, lo titularía así: Romance de ciegos que, además, son locos, y va sobre qué (c...) ha pasado con el teatro en España en las últimas décadas, que es para llorar, de ahí el título, tan valleinclaniano, que de esto Paco sabe mucho: los antes perseguidos por el sistema, fundadores de teatros alternativos y el que tenga oídos para oír que oiga, son los que ahora, desde sus puestos de poder, desde sus nombramientos de patacón y tente tieso, excluyen al que se niega a someterse. Lobos -lobitos- de la corrección política, que han descubierto a última hora qué es lo que les va, que es el poder: hacer y deshacer a su antojo manejando sin piedad vidas y haciendas.

 Y lo que les ha vuelto locos es la pasta, de modo que el que antes era un compañero de fatigas, no te pone en la función que dirige con dinero público porque "ahora tenemos que ser todos ateos por narices" y no consiente que tú te empeñes en que se respete un verso del clásico en que no lo seamos. Narra Paco Algora cómo en Voces de Gesta se corta la conversión del rey, fundamental en la obra, que Paco recita entera en todo lo que le falta, y es posible que para siempre: El amor, el dolor, el arrepentimiento, eso hay que quitarlo todo, fuera, que sólo quede la "oscura sombra". Negra sombra tienes tú, canalla. "Y el alma, ¡fuera! Fuera el alma", eso es de beatas y aquí todos somos muy laicos. Lo mismo se hace con La Gaviota, de Chéjov, donde se elimina toda idea de sufrimiento asumido como valor para forjarse uno mismo frente a...: "La vocación, eso es de monjas, y el dolor, la cruz de cada cual... Todo eso ¡fuera!"

 -No se pude hacer esto a costa del contribuyente -brama Paco, al que no cogieron en el último montaje con dinero público (ya no sé si del María Guerrero o del Español, que de todos es amigo "que a María Guerrero la hubieran tratado hoy peor que cuando intentó volver a España") porque los que tal hacen, y eso es lo más desesperante, son sus colegas de antes, los antiguos luchadores por la libertad del arte, podridos de dinero público, y el que correspondía seleccionarlo en la presente ocasión, se pronunció de esta guisa:

 "¡Que no tengo suficiente cara de malo!"

 Veo en Internet que el Festival Internacional de Teatro Contemporáneo Lazarillo-Manzanares, evento castellano-manchego, ha contado a lo largo de su andadura, de treinta años largos, con la colaboración y visitas de personajes tan relevantes dentro de la cultura como Antonio Buero Vallejo, Francisco Nieva, Javier Tomeo, Nuria Espert, Ana Marzoa, Alfonso Carreño, Gloria Fuertes, José Sanchis Sinisterra, Helena Pimenta, Juan Diego, Paco Tous, Fernando Delgado, Francisco Algora, Mario Gas, José Luis Gómez.

 Yo a Paco lo veo al mismo nivel que a Fernando Fernán Gómez, Agustín González, Paco Rabal, Juan Diego... Pues eso, hombre, tus compañeros de navegación. Uno de los grandes, Paco.

 ¡Con esa cara y esa voz, decir que no tiene cara de malo el hombre! Que venga Dios y lo vea. Un bendito con cara de truhán es lo que eres, Paco. Gracias por haberme hecho reír aquella mañana terrible y fitera

 

Nota: FIT 08 es el Festival Iberoamericano de Teatro (Cádiz) en la edición de este año 2008, que se celebró entre los días 14 y 25 de octubre

Ilustraciones: Carteles de alguna películas en las que ha participado Paco Algora

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

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QUIQUE CAMOIRAS: UN CHICO DE LA CRUZ ROJA

Me pareció oportuno titular con "Un chico de la Cruz Roja" esta semblanza porque Quique Camoiras, el actor que hoy, 18 de abril de 2007, a las 11'30 de la mañana, anuncia en rueda de prensa celebrada en el Teatro Príncipe de Madrid, su retirada, está muy ligado de siempre a esta institución y tiene entre sus títulos y distinciones honoríficas, la Medalla de la Cruz Roja Española, ganada por sus muchos trabajos en este sentido, colaborando en funciones benéficas en teatros, en hospitales y allí donde fuera requerido. Un chico de La Cruz Roja, por tanto, aunque él matiza en seguida, y al quite de la ocurrencia mía, allí presente en la rueda, que "el que hizo la película fue mi hermano Paco, no yo. Y menuda suerte tiene el tío, que todavía cobra derechos. Cada año, el Día de la Cruz Roja, se planta la peluca, se echa a la calle y a cobrar."

O sea, que en la familia son varios los dedicados al arte de hacer reír.

Esto de la familia es tan sagrado para Quique Camoiras, que por eso se retira, para poder dispensar a sus nietos las atenciones que, dice, no pudo dispensar a sus hijos a fuerza de tener que trabajar para mantenerlos: "Aquello sí eran trabajos. Seis meses fuera de casa, de tournée, sin ver a los hijos, cada año lo mismo. Cuando ellos tenían vacaciones, me los llevaba conmigo, pero empezaba el colegio y vuelta a no verlos, no quiero que me pase lo mismo con los nietos. De mi nieta, sobre todo, quiero disfrutar viéndola crecer y que ella me vea a mí."

Además, Quique Camoiras no queda, digamos, desprovisto al dejar de actuar, como quedaría de ser un jubilado cualquiera, que es lo que en realidad está deseando ser, pero no puede: Él es empresario y, como trabajador inquieto que siempre fue, se ha especializado en compatibilizar oficios varios, por si la suerte se ponía de espaldas.

"Trabajé en el Teatro Español con Aurora Bautista (haciendo Calderón de la Barca) y compatibilizándolo con un show en Pasapoga. No era correcto políticamente hacer esto, hasta que dijeron: ¿Por qué no? En El Español hice también "El avaro", de Molière, con grandísimo éxito de crítica y público, a dos funciones diarias todos los días. Todos los días, ¿eh?"

De hecho, la enumeración de sus trabajos y sus años como actor asombra: "Estuve 12 años seguidos en el Teatro de La Latina, temporadas de 8 y 10 meses; luego 9 más en el Cómico (ahora un supermercado, en Delicias) cuenta el que todavía hoy rebosa vitalidad."
Y ya puestos a recordar: ¿Quién no recuerda al renombrado DON ARMANDO GRESCA? Pues era Quique Camoiras.

Así que, para trabajos, mejor hablar de los de antes: "Es que ahora -se explica Quique Camoiras- yo me quedo "asombrao". Que empiezas a las 8 y a las 10 y media ya estás en tu casa, si me dicen a mí que esto iba a llegar, cuando lo de librar un día costó sangre y lágrimas a algunos... Hicimos una plantada para conseguir un día libre, uno a la semana, siguiendo con las dos funciones diarias, y muchos no la apoyaron porque decían que eso era imposible, si es que yo durante años no paré ni un día. Así que ahora me parece que esto es como estar de vacaciones. Dos funciones diarias hacía yo, más ensayos, y encima a las 8 de la mañana, ¡a trabajar a mi oficina del Ministerio!, que yo he sido funcionario toda mi vida, compatibilizándolo, claro está, con lo de actor."

Es evidente que este hombre es una mina. ¿Cuándo dormía? Y todo por la familia. Sí. Para que no tuvieran que pasar las penalidades que él pasó.

Pero el público para un cómico es lo primero, y por eso Quique Camoiras se despide con una obra que haga reír de una manera inolvidable: Y ESTE HIJO... ¿DE QUIÉN ES?, de Adrián Ortega, porque dice: "Quiero que me recuerden como actor y sobre un escenario. Mi último homenaje lo quiero sobre las tablas".

En la mesa que preside para anunciar su despedida, lo rodean los compañeros de reparto, uno de ellos es Vicky Lusson, hija de su eterno compañero de tantas escenas cómicas Alfonso Lusson. Se llena de nostalgias hablando de los años sobre las tablas y de los actores y directores que había entonces: Lina Morgan entre los primeros, Muñoz Román y Colsada entre los segundos:

-No he visto hombre más activo y polifacético en toda mi vida-, dice uno de sus acompañantes en la mesa, Alberto Agudín.

-Porque no conociste a Muñoz Román -contesta rápido Quique Camoiras-. Aquello ya eran eran directores. Ni a Colsada, que tuvo 13 compañías a la vez y que abarcaba todos los géneros. 13 compañías, se dice bien y pronto, cuando los Paso tenían, el que más, 3. ¡Pero es que 13! Se dice pronto, no ha habido igual. A ése tampoco se le ha hecho justicia, mira. Ni a Muñoz Román. Que ése sí que era ensayar, que había noches que nos daban las 4 ensayando, porque ése era de los que como dijera que la botella tenía que estar aquí, y medio llena, pongo por caso, que no se la tocara nadie. Y quien dice la botella, lo que fuera. Él lo quería todo perfecto, y en lo que no lo lograba, no nos dejaba descansar. Así llegaba yo al Ministerio, roto, y me dormía en el guardarropa, una cabezadita encima de las chaquetas. Se llevaba entonces chaqueta, para no desgastar los codos de la de uno, la buena, y cada cual tenía la suya. Así que llegaban, ya les oía yo decir en sueños: "Ya me han cogido la chaqueta". Y yo, sin decir ni mu, planchando la oreja en las chaquetitas hasta que llegaba el jefe de negociado.

-Él es igual de perfeccionista que Muñoz Román -sentencia otro de los actores que van a acompañarlo en la obra, José Luis Gago. Nos reímos y él, entusiasmado a la vez que preocupado, sigue:

-Y quiero pediros perdón por eso. Soy demasiado exigente. (Todos protestan y con razón, cuando es de agradecer el que te corrijan, sobre todo si lo hace un maestro). Para un actor, actuar no es trabajo, es vocación. A mí no me gusta hablar de trabajo. Yo subo al escenario a pasarlo yo bien y a hacerlo pasar bien. Si no, para otra cosa no salgo.

Sobre las motivaciones de la obra que ha elegido para su despedida de los ruedos (perdón, de las tablas), dice:

-Escogí esta obra porque me gustó al considerarla afín a mi temperamento artístico. Ahora bien, yo la he adaptado de tal manera que, si el autor levantara la cabeza, no la reconocería.

VAMOS CON LOS DATOS MÁS CONOCIDOS DE LA BIOGRAFÍA DE ESTE GENIO, QUE ES LA DE DE LA REVISTA Y LOS ESPECTÁCULOS DE VARIEDADES DE NUESTRO SIGLO XX

Nace Quique Camoiras en Madrid, de una familia modesta (tal vez ahí le venga esa afición al trabajo, inagotable) y desde pequeño destaca por sus actitudes para las artes. Con su hermano forma pareja de lo que se llamaba por entonces "clownws musicales": Hacían de bomberos toreros, por ejemplo, en las plazas de toros y en el circo. Creo que así comenzó también alguna de las grandes figuras del toreo, como Espartaco, haciendo de payaso torero por las plazas, actuando en un show burlesco siendo aún niño, lo que más tarde le permitiría tener su oportunidad en los ruedos (Digo esto aquí por si nunca tengo oportunidad de decirlo en un periódico taurino, y por que los lectores se hagan una idea de cómo debía de ser un show de éstos).

Aprende a bailar claqué, también hace la carrera de piano... Y sin dejar de trabajar con su hermano Paco, pasa a llamarse "El gran Quiqui" en el tiempo glorioso de los espectáculos de Variedades. Compatibiliza su trabajo con el de funcionario hasta que un día da el gran paso: dedicarse en cuerpo y alma a hacer reír al público.

En los años 50 el espectáculo era la Revista. Ahí trabajó como galán cómico aprovechando su juventud y su gracia para "pasar la batería". Muñoz Román, empresario de leyenda de la Revista, le hizo triunfar en el Teatro Martín.

En 1955 conoce a Adrián Ortega padre y comienza a trabajar con él en la revista "Mujeres odiosas", donde también trabajaba Lina Morgan. El invento se prolongó 3 años y a esa revista siguió otra, hasta que el maestro Cabrera, gran autor, compositor y empresario, le ofreció ser el primer actor de su Compañía de Revistas. Poco después apareció en su vida Matías Colsada, el más importante empresario de revistas del siglo XX. Con él estuvo como primer actor y director casi 14 años, siendo el titular del Teatro La Latina 12 años consecutivos.

En el año 80 pasó a trabajar en el género que más le gustaba, la Comedia. Antes de fundar su propia compañía Comedias Cómicas, trabajó en el Español, como queda dicho más arriba.

En el 82 debuta en el Teatro Cómico, hoy desaparecido, y en él estuvo, excepto 18 meses en el Teatro Fuencarral, hasta 1991: Don Armando Gresca, Ponte el bigote, Manolo, El tonto es un sabio, Qué solo me dejas... son títulos representativos que todavía resuenan como éxitos.

Todo esto, que hoy puede parecer un milagro, no evitó que también hiciera una treintena de películas: La corte del faraón (Concha de plata en San Sebastián), Tú estás loco, Briones, Juana la Loca de vez en cuando.

En salas de fiestas, como el desaparecido Lido, o Pasapoga, compatibilizó su trabajo con el teatro. Montones de programas de televisión. Series para la primera como La Revista; o Los Poyatos, para tele 5. En total, más 40 revistas, 12 comedias, giras por toda España. Calcula que más de 10 millones de personas lo han visto.

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

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PILAR MIRÓ: NADIE ME ENSEÑÓ A VIVIR

No era una actriz, aunque alguna vez se puso ante las cámaras, sino una directora de cine y de teatro, aunque en éste pocas veces obtuviera el éxito anhelado. Ironías del destino, su mayor éxito teatral fue una película y su mayor éxito cinematográfico, la filmación de una boda. Pero el personaje interesa por muchas otras vertientes (políticas, laborales, afectivas) y ya en sí mismo es una obra dramática que lleva el sello de toda una época (la España de la transición democrática), y ello no sólo en cuanto al cine y al teatro se refiere sino también en cuanto toca a la televisión, que entonces empezaba, y en todo lo referente a la vida misma, en su diario discurrir, de alguien que intentaba abrirse camino con los dientes. Por eso tiene sentido sacarla en esta sección donde llamamos ¡A ESCENA! a los más grandes que por ella han pasado.

La vida de Pilar Miró que ha escrito Diego Galán (Nadie me enseñó a vivir, Plaza y Janés) es un verdadero thriller. Así se lee y así debió de ser, tanto en el arte y en el trabajo como en el amor y en la amistad, no es de extrañar que su corazón estallara en múltiples ocasiones antes de pararse definitivamente agotado. Siempre necesitaba empezar algo nuevo, nunca estaba satisfecha con una sola cosa entre las manos: Si lo anterior había sido un fracaso, para olvidarlo; y si por el contrario había sido un éxito, para no dormirse en los laureles y aprovechar el tirón. Y no hacía esto por ambición, es que ella necesitaba proponerse nuevos retos a cada paso como en una apasionante y apasionada huida hacia adelante.

En el amor era lo mismo: Nadie que despertara en ella una chispa dejaba que pasara de largo y pocos, muy pocos, se le resistieron. Siempre necesitaba amor y por otra parte, no podía detenerse en nada ni en nadie, se quejaba de la cobardía de los hombres que, amándola, no se decidían, pero lo cierto es que ella era muy exigente en lo personal y en lo laboral, tenía que mantener vivo y activo su débil y quebradizo corazón. Que no se le ocurriera detenerse, pues siempre había amigos y enemigos a los que atender con amor o con odio, con gratitud o con venganza.

¡Qué mujer esta que llegó a ser llamada John Ford con faldas! Para ella todo era una película o una obra de teatro, valga como ejemplo el episodio de la cena con Gabo (García Márquez) durante la cual, temiendo Pilar que se aburriera, obligó al resto de los comensales a rotar a su lado sin que él entendiera a qué se debía aquel baile de cubiertos que nunca se detenía más de 10 minutos.

De niña, era tan mala como Ana Torrent en Cría cuervos, de Antonio Saura, a quien también admiró y con quien polemizó, así como con Marsillach, por poner un ejemplo teatral de gente que se admira y se ama pero que por incompatibilidad de caracteres, no pueden seguir trabajando juntos. ¿Verdad que es todo muy teatral? Pues así era en carne viva (nunca mejor, ya que se la jugaba en cada lance) según el libro que tengo entre manos y que no me canso de releer, qué pena no haberla conocido en persona.

La muerte, sin embargo, la sorprendió a solas, en su propia casa, en un descansillo de la escalera que en aquel momento descendía, y aunque había gente en casa (su hijo Gonzalo trató de reanimarla por todos los medios cuando la encontró caída), ya no volvió en sí. Tenía 59 años y había dirigido decenas de películas, documentales, teatro... Y había sido, en fin, directora general de Cinematografía y directora del ente público de RTVE, cargos que había aceptado por compromiso político con los chicos del PSOE y que le trajeron más disgustos que cualquier obra dramática, no sabía en qué se metía la muy ingenua. O la muy vanidosa, depende.

Las relaciones de Pilar Miró con el teatro fueron también de todo menos tranquilas: A instancias de José Antonio Campos, dirigió ópera para el Teatro de la Zarzuela (Carmen, a quien ella dio un vuelco con un nuevo giro escenográfico, pero que se estrenó con gran estruendo de fracaso, después del escándalo de El Crimen de Cuenca que todavía coleaba pues le había valido un juicio ante un tribunal militar, con innovaciones que el público conservador de los abonos no le perdonó, por lo que fue insultada con verdadera crueldad la misma noche del estreno y aún después), comedia (sobre todo las de Lope de Vega, que le parecían un prodigio de actualidad: El anzuelo de Fenisa, por ejemplo, que representaba, de hecho, su ideal de mujer que ella era incapaz de incorporar en su vida práctica: la mujer que vende humo a los hombres y se queda con todo lo que ellos tienen dejándolos desplumados y burlados) y, sobre todas ellas, llamaba su atención La verdad sospechosa, de Ruiz de Alarcón, que dirigió por la época en que ella misma no era creída por los jueces por más que dijera la verdad sobre la compra de trapos. De ahí que le cautivara la frase desesperada de Don García en la obra de Alarcón: "¿Es posible que diciendo la verdad nadie me crea?"; también dirigió Estudio 1 (Como las secas cañas del camino, de Martín Recuerda, muy polémica por unas frases que ofendían a los de Murcia), la ópera Sigfredo en Estalingrado, que no triunfó, y la que triunfaba en Nueva York y Londres, Hijos de un dios menor, de Mrak Medoff, que tampoco obtuvo el éxito que las expectativas levantaban y que ella esperaba con tanta fuerza. Se trataba de un texto difícil en que un profesor (Emilio Gutiérrez Caba) se empeñaba en hacer hablar a una sordomuda. El propio actor abandonó el proyecto ante las dificultades de todo tipo y por la inflexibilidad de la directora quien, no obstante, no dudó en llamarlo más tarde para otros papeles.

Por todo lo cual, irónicamente, hacia el final de su vida comentaba: "Es extraño que mi mayor éxito teatral sea una película y que mi mejor película sea el reportaje de una boda real." Se refería a El perro del hortelano, de Lope de Vega, que arrasó en las taquillas con Carmelo Gómez y Enma Suárez, y a la boda de la Infanta Elena. Después vendría la de la infanta Cristina, en Barcelona, otro éxito para cuya dirección fue elegida por el mismo Rey, a quien había conocido en la Facultad de Derecho y cuyos discursos de fin de año también había dirigido de modo exigente, algo con lo que el monarca estaba encantado. Curiosamente, su primer trabajo en TVE lo consiguió gracias a una influencia de Blas Piñar, todo es curioso y divertidísimo en un libro que no tiene desperdicio y que como digo, se lee como un thriller. Efectivamente por solicitud del Rey Juan Carlos, había dirigido las transmisiones de las bodas de sus dos hijas, una desde Sevilla y otra desde Barcelona, y en ambas ocasiones fue felicitada por ello. En ambas, el éxito obtenido fue mundial, pues las vieron más de 900 millones de personas en cada ocasión.

Pero nadie que la haya visto olvidará nunca El crimen de Cuenca, ni Gary Cooper, que estás en los cielos, por ejemplo. Y en esto sí logró, en verdad, su sueño. Porque ella lo único que quería en realidad "era ser la chica que va a la grupa del caballo de Gary Cooper". Un Gary Cooper defensor y salvador que ella encontró en la figura de sus abogados.

En resumen, que después de ver todas las contradicciones del personaje, uno se queda admirado de la mujer tan enorme y tan auténticamente genial que fue. Y siente el orgullo de poder escribir algo sobre ella, aunque sean sólo unas líneas como éstas.

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

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JOSÉ SACRISTÁN: EL ÚLTIMO CÓMICO DE LA LEGUA

 

 Hablo ahora de él porque para mí, dramatúrgicamente hablando, José Sacristán, con su actuación en Almacenados, significa la joya del otoño 2005 en Madrid, a pesar del inmenso esfuerzo que me supone abarcar toda su obra cuando lo acabo de tener tan cerca. Cuando estoy todavía bajo su influjo:

 

José Sacristán nació en Chinchón (Madrid) e inició su carrera teatral en 1962. Pertenece por su oficio a una estirpe de cómicos ya casi extinguida y de la que tal vez sea el último representante. Uno de los últimos podemos decir. Nombres ilustres de la escena española como Pepe Isbert, Juan Antonio Riquelme, Fernando Morán, y el mismo Fernando Fernán Gómez,  fueron sus maestros en el arte de representar. De la misma manera que Manuel Aleixandre, Agustín González  y Adolfo Marsillach fueron, además de maestros, sus compañeros de oficio, como él reconoce. 

 

Tan consolidada es su carrera artística que se puede afirmar de José Sacristán que sus papeles estelares, allí donde roza la perfección, son aquellos en que se representa a sí mismo. Tal sucede en la última obra de teatro que podemos disfrutar en estos días (1), Almacenados, de David Desola, en el Teatro Fígaro, donde el personaje que representa Sacristán no es otro que él mismo, salvadas, claro está, las diferentes circunstancias profesionales y vitales, pero en todo lo demás, clavados: los mismos gruñidos (malhumorados o tiernos), la misma actitud corporal (cabreada e indefensa a la vez), y me pregunto cuánto le habrá costado a Sacristán conseguir esa maravillosa naturalidad, que tan fácil nos parece, de representarse a sí mismo.

 

Recuerda con especial pasión, ahora que vuelve al Fígaro, cómo en el año 1972 hubo de trasladarse aquí desde el Teatro Benavente para seguir con el éxito de Balada de los tres inocentes, de Pedro Mario Herrero, que se vio desbordado más allá de las previsiones de la empresa y por eso hubo de buscar otra sala.

 

Poco después de iniciar su carrera teatral, arrancaría también la cinematográfica, en 1965, y demás se ha dirigido a sí mismo y a otros en varias películas, con lo que también es director.

 

Sus inicios en el cine lo fueron en la comedia de género, que tenía fuerte demanda por aquel entonces en el mercado español (se hacían 200 películas al año), gracias en parte a unos productores heroicos que se lanzaban a la piscina sin miedo -y hasta sin agua-, sin subvenciones y con la censura apuntando cual espada de Damocles. 

 

Pero el miedo agudiza el ingenio y de ahí que un género que satirizaba los usos y costumbres españoles, amén de poner en solfa los mitos consagrados como el del macho ibérico, daba cabida al ansiado destape y se nutría del turismo nórdico, la libertad sexual y otras "asignaturas pendientes".

 

Género que más tarde caería, ya con la modernidad conquistada y todas las asignaturas aprobadas, en el desprestigio y que hoy se rescata del olvido gracias a las televisiones con programas como "Cine de barrio", en la primera cadena, al que pronto seguirían otros en los nuevos canales. Y a un público que, libre de complejos, se ha dado cuenta de los valores de aquellos trabajos enormes y de aquellas gentes pioneras.

 

 De aquella época recuerda Sacristán con especial cariño a Alfredo Landa, actor al que también se había unido indisolublemente a una vis cómica y que dio sus frutos como talento dramático cuando tuvo ocasión. Y a José Sazatornil, compañero además de teatro. Y a tantos otros, pues su filmografía no tiene fin como veremos más abajo.

 

Sin embargo, allá en sus orígenes más remotos, antes de empezar a ser conocido por el gran público, en la vida de Sacristán está el teatro. Sólo que, como ocurre con tantos actores, sean de la generación que sean, la contratación impone sus reglas y muy tempranamente se decanta por el cine y la televisión, si bien, cuando vuelven a pisar las tablas, lo hace con ganas. 

 

En el caso de José Sacristán, y escribo estas líneas bajo el influjo de las palabras que acabo de oírle con motivo de la rueda de prensa para presentar "Almacenados", mejor oírle a él:

-Es un gusto -dijo- poder elegir después de 40 años de ganarse el pan (y algo más para untar con el pan), poder elegir, digo, lo que uno quiere, para dedicarse por completo a una obra sólo por el placer de hacer lo que te gusta. Y es una gozada, cuando todos se quejan del síndrome postvacacional, que yo no sé lo que es, tener un oficio en que estás deseando volver al trabajo. Porque para nosotros la verdadera tragedia postvacacional es no trabajar".

 

Parece evidente que lo de actuar ante un público es un lujo que a veces se compagina con otros trabajos y que sólo en el caso de unos pocos privilegiados se puede hacer con dedicación exclusiva. 

 

A Sacristán lo hemos visto recientemente (20 años no es nada) en Las guerras de nuestros antepasados, de Delibes, estrenada en 1990 en el Teatro Bellas Artes. Más tarde vimos a Manuel Galiana en el mismo papel, también magistral (qué suerte ha tenido esta obra con los intérpretes), porque Sacristán había dejado el listón muy alto y era dificilísimo no pensar en él a cada paso viendo a Primitivo Pérez o como se llame el loco aquel inolvidable. También tocó y profundizó el mundo tétrico de Strindberg en Danza macabra, sin desdeñar autores españoles totalmente distintos como Arniches (Anacleto se divorcia ó ¡Que viene mi marido!), en el teatro La Latina de Madrid. 

 

Cuando se puso a cantar, que también tiene la carrera de canto, hizo un Caballero Don Quijote extraordinario con su voz de barítono en el musical El hombre de La Mancha, junto a Paloma San Basilio. Fue por entonces cuando la Gran Vía empezó a parecer Broadway, por la fiebre de los musicales que iniciaron ellos y luego siguieron otros para aprovechar el tirón que sigue hasta hoy. También probó su voz en un montaje sobre Mozart, Amadeus, que cosechó un gran éxito.

 

A mí me gustó Sacristán sobre todas las cosas cuando hizo Flor de otoño, de José María Rodríguez Méndez, para el cine, papel que bordó como nadie y que ahora que la obra se ha vuelto a hacer en teatro, se vuelve inolvidable en su papel, pesa y gravita sobre la función, pero me divertí muchísimo con Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?, de Marsillach, al lado de Concha Velasco como partenaire. Ésta también en cine, pero después se la he visto hacer a otros en las tablas y para mí no hay parangón.

 

Haciendo de argentino Sacristán está de escacharrarse, y eso hizo que por entonces yo le perdonara la cara de acelga, y de antipático en una palabra, que a mí se me hacía que tenía para todo lo que no fuera él mismo. Hasta el otro día.

 

Que el ego lo tiene, nadie lo duda, narices, ¡que es un actor!, pero justo por eso son una gozada las ruedas de prensa con él, porque es un tío que habla de sí mismo y sólo de sí mismo, como debe ser. De lo que le concierne y punto. Serio y como medio cabreao, sin eufemismos ni rodeos (mucho menos con repeticiones), que es como hablan los hombres. Cada palabra suya pesa un kilate y no hay vuelta atrás. ¿A qué repetir?

 

En cuanto a sus incuestionables méritos como actor y director de cine, podemos afirmar que se consagró gracias al éxito de Vida conyugal sana (R. Bodegas, 1973) y se convirtió en uno de los actores más importantes de su generación, interviniendo en películas como Asignatura pendiente (José Luis Garci, 1976), la ya citada Un hombre llamado Flor de Otoño (Pedro Olea, 1977), Solos en la madrugada (José Luis Garci, 1977), Operación Ogro (G. Pontecorvo, 1979), La colmena (Mario Camus, 1982), Epílogo (Gonzalo Suárez, 1984), La noche más hermosa (Manuel Gutiérrez Aragón, 1984), La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985), El vuelo de la paloma (José Luis García Sánchez, 1988), Un lugar en el mundo (Adolfo Aristarain, 1992), El pájaro de la felicidad (Pilar Miró, 1993), Madregilda (F. Regueiro, 1993), Adán y Eva (J. Leitao, 1995) y Pasiones rotas (N. Hamm, 1998).

 

En cuanto a la televisión, ha intervenido en las series ¿Quién da la vez? (1995) y Éste es mi barrio (1996). Ha dirigido e interpretado Soldados de plomo (1983), Cara de acelga (1987) y Yo me bajo en la próxima, ¿y usted? (1992), ya comentada.

 

(1) Para situar lo que se cita como actualidad se debe tener en cuenta la fecha de redacción de este trabajo: octubre de 2005

 

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

 

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LUIS CUENCA Actor  multidisciplinar

 

Luis Cuenca, actor de revista, teatro y uno de los grandes intérpretes de reparto del cine español, murió en una clínica madrileña el 21 de enero de 2004 a los 82 años. Había nacido el 6 de diciembre de 1921. La causa: insuficiencia pulmonar.

 Uno recuerda, en efecto, su voz como una de sus principales características. También su gesto, versátil y chaplinesco, con esa seriedad dramática que se ve en los ojos de los niños, también en los ojos de los supervivientes que se ríen, lo primero, hasta de sí mismos. 

 Poco antes de su muerte tuve el honor de encontrármelo en la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) con ocasión de unos premios (creo que "José María Forqué") al cine español, y estaba guapísimo entonces en la sala aquella del cisne que se expande, hecho un galán, por lo que me asombró su muerte a los pocos meses.

 Recuerdo su bigote negrísimo y su extrema delgadez en aquella ocasión (siempre había sido delgado pero entonces más), su elegancia de estrella de larga trayectoria sólo recientemente al alcance del gran público gracias al cine y, sobre todo, gracias a la televisión. Parecía que tenía por delante toda una vida, por el empaque, el saber hacer y el entusiasmo que ponía en todo, aunque seguramente "él ya sabía lo suyo". Mayor mérito, como también queda dicho de Alberto Closas en estas mismas páginas.

 Antes había sido, durante muchos años (40 me dicen los que le conocieron bien ¡y con compañía propia!) la estrella indiscutible del Paralelo barcelonés, entorno en el que reinó desde el Teatro Apolo ("Ven al Paralelo" se titulaba el espectáculo de variedades) con un género tan genuinamente español y que tantas glorias dio a la escena patria como la Revista, al lado de otros indiscutibles como Pedro Peña y Tania Doris.

 Muchos años después se recreará este espectáculo para la televisión, como homenaje a aquellos actores pioneros, de la mano de Sara Montiel. Hay grandes nombres de hoy que, aunque jóvenes, le deben su fama y sus inicios en el género a Ven al Paralelo.

 A Luis Cuenca lo veríamos también en La Latina, por fin en Madrid, con el espectáculo de variedades titulado "La blanca doble", de la mano de Tony Leblanc.

 Tuvo dos hijos, uno que se mueve por todo el mundo como pianista, y otro veterinario, que vive en Alcorcón. Tal vez por esta circunstancia, últimamente se le viera más a menudo en Madrid que en Barcelona, ciudad en la que pasó más de media vida y sobre todo, ciudad en la que se hizo como artista de variedades. Y como artista total, que luego veremos.

 Había nacido Luis Cuenca García en Navalmoral de la Mata (Cáceres) el 6 de diciembre de 1921 en una familia de actores, por lo cual su vinculación con el teatro ha sido desde el mismo día de su nacimiento. Su debut, como corresponde, ocurrió por casualidad en el momento en que se necesitó un niño en el escenario, ya que sus padres, la actriz Carmen García Carrasco y el actor Eduardo Cuenca, formaban parte de una compañía de teatro con la que recorrían todo el Estado Español, la compañía Carrasco, propiedad de sus abuelos. 

 Hijo y nieto de cómicos, desde pequeño hizo Luis Cuenca absolutamente de todo sobre un escenario con la mayor naturalidad: Bailar claqué, interpretar comedia, drama, revista... Al comentar esta su circunstancia personal que lo hizo ser actor desde niño, dice el propio Luis Cuenca: "Yo no tenía vocación, yo tenía ganas". Como Gades, como tantos otros que mamaron el arte, la vocación, o el pensar en ella, les vendría más tarde. Entonces no se pensaba, no había tiempo.

Por eso, como la cosa más natural del mundo después de ese aprendizaje, entrará a trabajar, ya en la década de los 50, como actor de la empresa de Matías Colsada, a la que estará ligado durante 40 años, convirtiéndose en la estrella indiscutible del Paralelo barcelonés como ya quedó dicho.

En el cine, debutó como extra en la película Eugenia de Montijo (1944), de José López Rubio. Ya durante sus años de esplendor en los escenarios, Cuenca interviene en películas como la comedia musical Quiéreme con música, y  Las travesuras de Morucha, ambas dirigidas por Ignacio F. Iquino; después vendría ¿Pena de Muerte?, de José María Forn; Toto de Arabia y Perras callejeras, bajo las órdenes de José Antonio de la Loma; Las Alegres Chicas de Colsada, film que sirve de homenaje a la revista popular española durante sus años dorados, dirigida por Rafael Gil y con guión de Fernando Vizcaíno Casas.

 En los últimos años, Cuenca es reclamado de nuevo para participar en películas como Suspiros de España (y Portugal), de José Luis García Sánchez; Cachito, de Enrique Urbizu; Grandes Ocasiones, de Felipe Vega; las taquilleras Airbag y Torrente, el brazo tonto de la Ley, de Juanma Bajo Ulloa y Santiago Segura, respectivamente; y La hora de los valientes, de Antonio Mercero.

 Más recientemente ha actuado en Soldados de Salamina, de David Trueba; Mátame mucho, de Angel Bohollo, y en Vivancos 3, de Albert Sauger. En los dos últimos años, ha trabajado también en El furgón, de Benito Rabal; Dos tipos duros, de Juan Martínez Moreno; iBuen viaje, excelencia!, de Albert Boadella. 

En la televisión, ha trabajado en series como Farmacia de Guardia, Ketty no para, Ellas son así, así como en la miniserie Camino de Santiago, una coproducción internacional dirigida por Robert Young.

Premios: En 1997 gana el Goya al Mejor Actor de Reparto por su trabajo en La buena vida, ópera prima de David Trueba, con quien trabajará en Obra maestra (2000). Con este último trabajo consigue una nominación a los premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.

En el 2001 obtiene el Premio de la Unión de Actores en el apartado de Mejor Actor de Reparto por su trabajo en Cuéntame cómo pasó, donde interpretaba a Federico.

 Luis Cuenca estaba satisfecho, tanto de su vida como de su trayectoria artística: "Mi vida ha sido una cuestión de suerte; siempre me he encontrado con la persona oportuna en el momento oportuno. En el teatro con Colsada, en el cine con David Trueba y en la tele con Mercero".  

Nota: Esta biografía de Luis Cuenca es deudora de la web Teatralnet, además de las aportaciones de su sobrino Eduardo García. 

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

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La Bardem. Nada menos que toda una autobiografía

 

La Bardem. Memorias. Plaza y Janés, abril 2005. 22 euros.

 

  Desconfío de entrada de los muy famosos. Pienso, casi siempre con razón, que todo ello puede deberse a una operación de marketing. Tampoco soy propensa a reírles las gracias ni a formar parte de su comparsa de admiradores porque ya son demasiados los que se dedican a eso. Por ello tardé en decidirme a leer este libro de memorias que se titula "Bardem", en letras muy grandes, y que lleva delante un "La" pequeñito, tan escondido que apenas se ve: La Bardem.

 

  Como Noticias Teatrales es una publicación que va dirigida a los 5 continentes, tengo que aclarar que el apellido Bardem da título a toda una raza de famosos actores españoles, cada vez más famosos y más grandes puesto que su fama se extiende gracias al más pequeño de ellos a todo el mundo globalizado, y que preside ahora mismo la matriarca, Pilar, autora del libro y persona de quien toman apellido sus hijos, de los cuales el coautor, Carlos, es el primero en edad. De todo esto me he enterado muy bien al leer el libro, que me he leído entero, repito, a pesar de su gordura, ¡y que no lo presto!

  

  Porque todos mis recelos contra el famoseo se disiparon en cuanto le hinqué el diente a este libro gordo, voluminoso, abriéndolo al azar "por mital medio", que es como mejor se sujeta un libro entre las sábanas, una noche de insomnio e inmediatamente vi que estaba muy bien escrito, con un estilo fluido y potente, ausente por completo de repeticiones, pero por encima de todo divertidísimo. Tanto que me dormí riéndome a carcajadas esa primera noche, lo que me hizo mucho bien. Después vendrían otras en que casi me hizo llorar y tendría que cerrarlo para no acabar haciéndolo, pero no muchas más noches ya que acabó ocupándome también los días desbancando así a todas mis otras devociones lectoras.

 

  Hay en él retratos, como el de Umbral, eficaces con sólo dos pinceladas definidoras de un carácter; el de Espartaco Santoni; el de Nieva, de quien tiene recuerdos entrañables y por el que guarda una admiración sin fisuras desde que la dirigió en La carroza de plomo candente y gracias al cual conoció al Nóbel Vicente Aleixandre, el poeta; de Jaime Salom, "extraordinario oculista que invierte todo lo que gana en estrenar sus obras de teatro"; de Adolfo Marsillach, quien la dirigió en Las Arrecogías del Beaterio de Santa María Egipciaca, de José Martín Recuerda, y en Silencio se rueda, para la TV de Pilar Miró; de Fernando Fernán Gómez, un genio de hombre, un verdadero extraterrestre que, además de dirigirla en la serie El Pícaro, para TV, descubrió como actor a Javierito, un niño a la sazón; de su hermano Juan, difícil y controvertida la relación entre hermanos; de Alfonso Lusón, Zori y Santos, que le dieron trabajo en sus cafés teatros; el de todos los compañeros de profesión con los que compartió rodaje o escenario, vivencias y roces múltiples: Helga Liné, Teresa Vico, Laly Soldevilla, Juanjo Menéndez, Lola Flores, Tina Sáinz, Julia Trujillo, Rosa Valenty, María Luisa Ponte, Fernando Delgado, Charo López, Damián y Paco Rabal, Asunción Balaguer, Analía Gadé, María Asquerino, Concha Velasco, Paco Marsó, Marieta Dúrcal, Juan Diego, Jesús Puente, Agustín González... De sus amores, siempre azarosos y contados de manera mágica, con actores que también son hoy devociones mías y que salen reforzados al verlos en este libro.

 

  Repasa así la actriz sus experiencias en cine y en teatro, en la televisión y en la pasarela, famosa o no, solvente o suplicante, compartiendo y compatibilizando hasta cuatro trabajos a la vez, sin tiempo para dormir y siempre a verlas venir en cuanto a  los dineros. De la lucha sindical, a la que ningún agobio la hizo renunciar. Y cómo no, los avatares de toda su familia, niños, padres, marido y criadas, heroicas algunas de éstas, como las de Galdós, que no sólo eran capaces de no cobrar sino que aportaban el fruto de otros trabajos al escaso peculio familiar porque consideraban a aquélla su verdadera familia.

 

  Todo está contado con una gran naturalidad, pero no se engañen, nada de desaliños del lenguaje ni faltas ni pecas que requieran comprensión para pasar adelante sino muy bien pensado todo y muy en limpio. Es como si Pilar Bardem recordara para sí misma y su hijo Carlos fuera mero transcriptor y eliminador de muletillas del habla, por la falta de concesiones al lagrimeo y una especie de distanciamiento que impide el regodearse, ni con lo bueno ni con lo malo. No sé cuál fue la división de tareas, pero hay una conjunción extraordinaria entre los dos y está escrito a la manera de una novela picaresca, en que los acontecimientos más serios, incluso los más dramáticos, se revisten de un humor cáustico y tremendista, pero sin una sola concesión a la frivolidad ni un solo guiño al lector, cuya complicidad se supone que se pide desde estas páginas de memorias. Es el libro de alguien que se lo pasa muy bien contando y que, salvo rarísimos segundos, no generaliza ni sermonea.

 

  Uno de los encantos del libro es que se detiene precisamente en los detalles ínfimos, aquellos que los clásicos llamaron primores de lo vulgar, y lo hace de una forma magistral, hablando sólo lo necesario y dándonos sin embargo todo un fresco de situaciones que a la manera galdosiana, sitúan ante nosotros la ya lejana postguerra y las gentes que la poblaron, ya sea en Madrid, Las Palmas, o en cualesquiera otras ciudades españolas. Es divertidísimo el viaje en tren, a la edad de 18 años, al encuentro de su novio, donde fue casi violada por uno de sus guardianes custodios.

 

  Con emoción creciente leí sobre la muerte de su madre, tan inesperada y viniendo de tan lejos, como un mazazo surrealista cuando era la del padre, más mayor, la que se anunciaba. La muerte del primer Javier, la de la primera Pilar, la lucha contra la miseria y la enfermedad, el encuentro con las buenas gentes (siempre aparece algún ángel protector, lo que justifica un cierto providencialismo en el relato aun viniendo de alguien que no se confiesa creyente). Emocionante, emocionante y emocionante. Emocionante y muy divertido. Apasionante es la palabra que mejor lo define y si no, no estaría yo aquí hablando de él. 

 

  Sorprende en las fotos ver siempre a esta mujer rodeada sólo de sus hijos, a cualquier edad, y de sus hijos y de su nieto a edad más avanzada. Es como una foto de las que se hubiera recortado una figura, falta algo y ese algo llama la atención, porque por muy modernos que seamos, la cosa es llamativa. Cuenta, en efecto, Pilar, cómo se casó enamorada y jovencísima y cómo se fue desmoronando todo en torno al amor, asfixiándolo, al tener que hacer ella frente, casi en solitario, a las responsabilidades del hogar y la crianza de los hijos. Sin embargo lo cuenta desde las consecuencias en la vida cotidiana de todos ellos de aquel comportamiento, nunca juzga al padre ante los hijos. Llegó un momento en que odiaba los libros porque todo el dinero se iba en ellos, cuando en casa faltaba lo más elemental, y así el encanto de los irresponsables contrasta con el drama que originan en torno. La falta de dinero hace que el otro se vuelva villano y práctico, lo cual es injusto para todos, los niños lo primero, al estar escindidos en el amor.

 

  Por eso pienso que tal vez la causa de este libro sea también el explicar a sus hijos el porqué de esa ausencia en las fotos, para que entiendan que no fue ella la causante de la misma.

 

  Tiene razones para ser una gran actriz Pilar Bardem, puesto que ha vivido mucho y así lo confiesa. Y sobre todas las cosas, es muy de agradecer ese grito valiente e irrenunciable, sean cuales sean las circunstancias y los peligros a que se expone, ese grito de "¡Delante de mí no se humilla a ningún ser humano!", algo que viene muy a cuento en esta sociedad tan cobarde, cada vez más, que tenemos.

 

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

 

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CONCHA VELASCO: EL CARISMA INCANSABLE DE UNA CHICA YÉ-YÉ

 
 

  "Una señorita de Valladolid" ó "La chica yé-yé" son epítetos (bellísimos) que corresponden en exclusiva a una sola persona y todos sabemos quién es sin necesidad de mencionarlo: la actriz Concha Velasco. Como ocurre con todos los grandes personajes de la Historia con mayúsculas, ella ha hecho que palabras como éstas, tan ausentes de solemnidad por otra parte y que multitud de personas podrían apropiarse y atribuirse con toda lógica, porque en sí y por sí abarcan a multitud de seres, le pertenezcan por derecho a ella y sólo a ella hasta el punto de definirla por antonomasia. Y eso, repito, sólo ocurre con los grandes. 

 

  Ella es por antonomasia, gracias a una película definitoria de lo que ella fue, aquella joven en quien todos pensamos cuando oímos decir "una señorita de Valladolid" y ella es también, sin duda, "La chica yé-yé", por una canción tan afortunada que después se hizo película y que todos finalmente cantamos. Ha sido la musa y compañera de actuaciones del Dúo Dinámico y ha compartido pantalla y escenario con los más grandes del cine y del teatro español, además de ser la partenaire indiscutible, en decenas de películas, del inefable Manolo Escobar. Lo ha sido finalmente durante mucho tiempo para varias generaciones de españoles y de hispanohablantes, pues la fama le viene de muy lejos y ahora, con la misma presencia menuda y ligera, que sin embargo llena por completo el escenario por grande que sea, Concha Velasco es, aquí y ahora, una escuela viviente de actores. Porque nunca le falta trabajo, al contrario, y por ello, porque se sabe querida y necesaria, nunca envejece.

 

  Una figura de fama mundial (véase el Diccionario Mundial de Actores) que cuando ve una tarima (escenario) se vuelve loca y no para hasta subirse a él (es su medio natural). Pero también una gran maestra que aprende a diario y que se pone como un flan cada vez que tiene que subirse a un escenario, por la responsabilidad, de ahí la gran humildad y la gran humanidad que destella. Tal pude comprobar, hace tan sólo unas breves fechas, nada menos que en el Salón de Tapices el Ayuntamiento de Madrid, yo no me muevo por menos. Paso a contarlo:

 

  La tuve muy cerca el pasado viernes, 28 de enero de 2005, cuando en el Salón de Cristales del Ayuntamiento de Madrid, actuó como madrina de la XXVI Semana de Cine Español de Carabanchel, que allí se presentaba. La habían elegido a ella y ella había vuelto a Madrid de su gira por España con la obra que ahora representa, junto a Nati Mistral, la obra de Gala Inés Desabrochada.

 

  Ya me resulta familiar el evento desde que en el mismo día y lugar conocí de cerca, pero el pasado año, al actor Agustín González, que oficiaba de padrino en aquella ocasión. Y entre la tristeza por el gran actor que nos acababa de abandonar y al que todos teníamos en el recuerdo y la necesidad de mirar hacia el futuro, todos estábamos un poco cariacontecidos y sobrecogidos. Casi nos parecía una traición empezar sin él una ceremonia en que se iba a hablar de cine español. Yo con más motivo, puesto que a raíz de conocerlo, inicié la sección de semblanzas de Noticias Teatrales titulada ¡A ESCENA! Mi gratitud hacia él considero que es, por tanto, doble o triple que la del todo el resto de la humanidad.

 

  Nos consolaban en el trance los ojos de Concha Velasco, que tenían un brillo de profundo sentimiento y a la vez de ánimo, porque Agustín González era uno de sus compañeros y amigos, pero la vida sigue. No hay más remedio. Estaba muy elegante Concha Velasco, de rubia y con abrigo a juego, negro y con pinceladas naranja, la chica yé-yé. Para colmo, se anunció allí mismo que el Cine España va a ser demolido en breve, con el propósito (al menos hay promesa, parece ser) de levantar en el solar un gran Centro de las Artes para el barrio de Carabanchel.

 

  Tuvo Concha, cuando le llegó el turno, una intervención absolutamente natural en que contempló a pie firme, con todos los allí presentes, un vídeo resumen de toda su carrera y a continuación, cuando por fin hizo uso de la palabra, dijo unas cuantas palabras verdaderas: "Qué va a ser del Cine Español cuando desaparezca el cine España (de Carabanchel), que está a punto de ser demolido en cuantito que termine esta XXVI Semana. ¿Será el viaje a ninguna parte?" Luego mencionó a multitud de compañeros que le habían ayudado en su carrera, dio las gracias a todos con sentidísimas palabras y posteriormente departió con todos hasta el final, pues para aliviar tanta tristeza, se sirvió una copa. El crítico Andrés Arconada, gran amigo de Concha Velasco, le leyó una carta cariñosísima que llevaba escrita (ya lo hizo el año pasado con Agustín González) en que destacó la huella dejada en todos con sus trabajos como actriz de teatro, de cine y de televisión, pero sobre todo resaltó su generosidad personal.

 

  Así, dijo Andrés, por poner un ejemplo de lo último, cómo agradecía a Nati Mistral el haberla puesto en cartel en la primera obra que hicieron juntas, siendo Concha entonces una casi desconocida, poniéndola ella a su vez en primer plano y cediéndole con ello tal puesto, en Inés desabrochada, obra de Antonio Gala con la que ambas recorren y han recorrido toda España. La obra ya lleva su rodaje, pues se estrenó en Santander en 2003 antes de llegar a Madrid en 2.004, y después de triunfar en el Teatro La Latina, siguen de gira. 

 

  El autor Antonio Gala ha declarado escribir sus papeles de mujer madura pensando únicamente en ella, su Concha, y así lo hizo en Las manzanas del viernes (Teatro Fígaro, Madrid, 1977) y Más allá del jardín, película basada en la novela homónima de este autor que protagonizó Concha Velasco (c. 2000).

 

  A Concha Velasco tuve la suerte de verla de cerca mucho antes por primera vez, aunque siempre sobre el escenario, varias veces en El Teatro Alcázar cuando representaba La rosa tatuada (1997), de Tennessee Williams, y su voz desgarrada respondía al drama de la mujer abandonada por el marido que era su papel en aquella ocasión. Sus gestos eran los de una heroína trágica, hasta el punto de que los entendidos no pudieron evitar compararla con Ana Magnani, que también había hecho el papel en su día. Raro es poner la televisión y que no salga ella en cualquiera de los canales, pero sobre todo, y ya que de televisión hablamos, es inolvidable su interpretación de Teresa de Jesús, cuya voz y gestos serán para siempre los de Concha Velasco, pues su trabajo constituyó una verdadera recreación del personaje. En las tablas, se consagró con el éxito de Filomena Maturano (1979) y continuó con una serie de títulos entre los que destaca Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?, de Adolfo Marsillach, junto a José Sacristán (1981), hasta el punto de convertir esta obra en un pequeño clásico que no deja de reponerse en televisión.

 

En sus comienzos por los años 50, fue bailarina antes que actriz, y hasta artista flamenca con Manolo Caracol, por lo que fue titular del ballet de La Coruña y por fin aterrizó en la Revista de la mano de Celia Gámez. Era por entonces la Revista un género de enorme prestigio y en él descollaron artistas que se consagraron en él, como Esperanza Roy. De su largo e imparable caminar dan fe los innumerables premios que van desde el otorgado por el Festival Internacional de Valladolid en 1985 hasta el Puente de Toledo, que acaba de recibir ayer mismo (6 de febrero de 2005) otorgado por la XXVI Semana de Cine Español de Carabanchel.

 

Géneros, se puede decir que los ha cultivado todos. La comedia fue durante décadas su género favorito, aunque con la madurez, ha demostrado su enorme carisma para hacer papeles dramáticos. Como digo, múltiples veces cerca en el escenario, nunca como hasta ahora en carne mortal. Y como dice Umbral, Concha gana con la cercanía, cuando se la ve sólo como mujer. Lo cual me parece un triunfo después de haber triunfado tanto en todos los escenarios.

Anunciación Fernández AntónMaría Anunciación Fernández Antón 

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FERNANDO FERNÁN GÓMEZ: EL GENIO INABARCABLE  E INCOMPRENDIDO

 Hablar de Fernando Fernán Gómez obliga por fuerza a ser caótico a la vez que selectivo, pues pretender abarcar su inmensa filmografía al mismo tiempo que sus muchos trabajos teatrales y su obra literaria de diverso tipo, nos llevaría a llenar cientos de folios que, por otra parte, ya han sido escritos. Voy a ser por tanto muy personal y a ceñirme a los aspectos que más curiosidad pueden suscitar:  

 

Nació Fernando Fernán Gómez en Lima (Perú) en plena gira teatral de sus padres, actores españoles, por Iberoamérica. Tal vez sea esa la causa de que este españolísimo actor y director, genio y figura de fama mundial, se queje de que, mientras su infancia transcurrió de la manera más natural entre escenas de amor, al llegar a la edad adulta, vio cómo tales escenas se le prohibían. Sea como fuere, Fernando Fernán Gómez se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid y ya nunca renunció a esta formación, prueba de ello su ingreso en la Real Academia Española en el año 2.000 con un discurso de ingreso titulado La aventura de la palabra.

 

Actor de rápido y duradero triunfo, director a su vez de reconocido prestigio, a su faceta de guionista se deben también algunas de las versiones de los clásicos españoles para la escena, como las tituladas El pícaro o Defensa de Sancho Panza, que otros actores han encarnado para la posteridad sobre las tablas.

Pero su genialidad abarca también la pura creación literaria, y de ahí triunfos tan sonados como la obra teatral titulada Las bicicletas son para el verano, representada incesantemente hasta el día de hoy, o guiones de películas que llevan el sello indeleble de su personalidad y de su nombre, como El viaje a ninguna parte (1986), una de las muchas protagonizadas y dirigidas por él mismo, o Styco (1984) de cuyo guión y argumento es autor, además de protagonista.

 

 Es también columnista habitual del diario ABC, a la misma o parecida altura de Julián Marías o Francisco Nieva, y hasta llegó a finalista del Planeta con la novela El mal menor. De 2.001 data la publicación de otra novela titulada De capa y espada, sobre la muerte (y la vida) misteriosa y apasionante del conde de Villamediana, y todavía en 2.004, acaba de publicar la obra teatral El tiempo de los trenes, ambas en Espasa Calpe, editorial que tiene en depósito la mayor parte de sus obras publicadas hasta el momento, tanto en teatro (colección Austral) como narrativa y ensayo.

 

Esto que para nosotros es un mundo, al referirnos a tan diversos géneros literarios, lo resuelve él de la manera más sencilla:

"Empiezo a escribir y a medida que avanzo, veo si va a ir mejor para guión o para novela".

 

 Pero el libro más completo sobre Fernando Fernán Gómez es el que, sobre su persona y su obra, compuso el crítico Enrique Brasó con intención de abarcarlas completas y que, publicado también bajo el sello de la citada editorial en el año 2002, contiene una serie de entrevistas dedicadas a glosar de manera casi exhaustiva, su inabarcable figura. Este libro, titulado Conversaciones con Fernando Fernán Gómez, contiene un repaso completo de la labor de Fernando Fernán Gómez en cine, teatro y televisión, así como una biobibliografía de lo más completa de todo lo escrito sobre él hasta esa fecha.

 

Cuenta en él Fernando Fernán Gómez, cómo, por ejemplo, cuando conoció a Jardiel Poncela, era ya jardielista empedernido, pues había leído sus cinco novelas (entre ellas, Amor se escribe sin h ó Espérame en Siberia, vida mía) que lo habían apasionado. Jardiel era por entonces el autor de la casa en el Teatro de la Comedia, donde Fernán Gómez actuaba en Los ladrones somos gente honrada y era por entonces un autor de proyección internacional, dado que trabajó de manera fija en las versiones españolas de las películas que se hacían en Hollywood. Y fue precisamente actuando en dicho Teatro de la Comedia, como Fernando Fernán Gómez conoció a José Luis Sáenz de Heredia, quien se lo llevaría al cine mediante una tentadora oferta: la película Raza. Era el año 1941, en la más inmediata postguerra.  

 

A partir de ahí, la nómina de títulos cinematográficos de Fernando Fernán Gómez pasa de doscientos, y en algunos ha sido a la vez director y actor, tan larga la nómina de uno como de otro.

 

Su faceta de director se inicia con Manicomio (1953) y en una carrera fulgurante, dirige títulos ya clásicos de aquella etapa en blanco y negro, tales como El extraño viaje (1964) o Ninette y un señor de Murcia (1965), donde además es uno de los actores, amén de guionista.

En 1974 dirige y escribe para televisión la serie en seis capítulos El pícaro, basada en textos de autores clásicos del barroco español, como Cervantes, Quevedo, Mateo Alemán, Vicente Espinel y el anónimo autor de El Lazarillo. Mi hija Hildegart  llegaría a las pantallas en 1977 y El viaje a ninguna parte y Mambrú se fue a la guerra verían la luz ambas en el año 1986. En 1981 es la voz de Don Quijote de la Mancha en la serie televisiva de dibujos animados del mismo nombre.

 

Se vuelca de nuevo en la picaresca que tanto le apasiona con Lázaro de Tormes, en el 2000, obra con la que este mismo año obtiene de la Academia de Cinematografía el Goya al mejor guión adaptado. A sus órdenes, El Brujo y Agustín González, entre otros. En 1993 protagoniza la serie Los ladrones van a la oficina, para la televisión, gracias a la cual Manuel Alexandre confiesa haber podido, por fin empezar a ahorrar..

 

Actor a su vez en casi doscientas películas, en alguna de las cuales se ha dirigido a sí mismo, como las citadas El extraño viaje, o Ninette y un señor de Murcia, o La venganza de don Mendo (1961), no ha abandonado nunca el teatro: Ya hemos hablado de Las bicicletas son para el verano y de El Tiempo de los trenes, dos de sus obras de creación literaria específicamente teatral. En 1992 creó para el teatro una obra sobre el tema que nunca deja de apasionarle, la picaresca. Es así como compone El pícaro: Aventuras y desventuras de Lucas Maraña, estrenada ese mismo año en el Teatro Cervantes de Alcalá de Henares. En 2002 escribe para las tablas Defensa de Sancho Panza, un monólogo estrenado ese mismo verano en el Festival Internacional de Almagro, y finalmente traído a Madrid, al Teatro Infanta Isabel, siempre representado por el actor albaceteño Juan Manuel Cifuentes, con un éxito impresionante. Tanto, que la representación se prolongó en dicho teatro madrileño durante varios meses más de lo previsto.

 

Es, como no podía ser de otro modo, gran recitador de textos poéticos, entre ellos los de Bertolt Brecht. 

Y todavía hoy, mientras escribo estas líneas, pone la voz en off en el Teatro Reina Victoria, a la obra Tres hombres y un destino, que llevan a cabo sus colegas de tantas producciones José Luis López Vázquez, Manuel Alexandre y Agustín González.

 

Sin embargo es un genio insatisfecho, algo que debe ser inherente a su condición de tal, lo que hace de él un ser doblemente atractivo, rodeado, salvo excepciones de personas incondicionales, de la más absoluta incomprensión.

 

Con ocasión del estreno de La lengua de las mariposas (1988) en la que hace de maestro rural en la Galicia de postguerra, confesaría a Raúl del Pozo: "Cuando era joven, por luchar contra la timidez, ya era antipático. Siempre lo he sido". Ha protagonizado incluso algún escandalillo por mor de su carácter, lo que hace que yo lo admire más aún. Además, cualquier cosa que haga o diga este genio, tiene una repercusión enorme. Tanto mejor para los que no tenemos la oportunidad de hacernos oír.

 

En cuanto a los premios, tampoco es mala cosecha: Estrenó los Goya, en 1987, llevándose nada menos que cuatro galardones. Efectivamente, como que hubieran estado esperándole, para él fueron, seguidos uno detrás de otro, el Goya al mejor director, a la mejor película y al mejor guión por El viaje a ninguna parte; y el Goya al mejor actor por Mambrú se fue a la guerra.

En 1978 fue Premio Lope de Vega, que se concede cada año a la escritura dramática, por Las bicicletas son para el verano, obra genial que inmortalizara el actor Agustín González en el Teatro Español y que marcaría toda una época al retratar con mano indeleble la postguerra española en lo que Unamuno llamaría su intrahistoria. Posteriormente Las bicicletas son para el verano no ha dejado de reponerse y fue llevada al cine con gran éxito por Jaime Chavarri en 1983.

Fue Premio Nacional de Teatro en 1984 y, ya hemos dicho que llegó a ser finalista del Premio Planeta, en 1987, con El mal menor. En 1995 fue Príncipe de Asturias de las Artes y en 1999, Premio Donostia del Festival de Cine de San Sebastián.

 

"Los premios hacia la misma persona, por ser tantos, se desvalorizan unos a otros", dice él mismo para curarse en salud. Tal vez para compensar, hace más de treinta años que ostenta el Premio Limón, otorgado por la prensa. Ya hemos hablado más arriba de lo que él piensa sobre el mal carácter que injustamente se le achaca: es pura timidez.

 

Sin embargo, lo más grande le falta aún por hacer y reconoce que le quedan muchos territorios y muchos saberes por explorar, culpa de ello, en parte, su pasión reconocida por la interpretación de personajes vulgares. Ha abandonado ambiciosos proyectos cada vez que le ofrecen uno. De ser así, lo vulgar tendría una acepción distinta a la que entendemos por tal. Hace dos días que vi El Abuelo, de Galdós y de J. L. Garci (1888), por enésima vez. Espero verla muchas más veces. Él tiene la cualidad de convertir lo vulgar en inolvidable.

 

Anunciación Fernández AntónMaría Anunciación Fernández Antón 

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MANUEL ALEIXANDRE: GENIAL MAESTRO DE CEREMONIAS

  

  Dos ruedas de prensa he tenido ocasión de presenciar con él como protagonista (multitudinarias ambas, llenas de gente entendida, yo sólo ojos y oídos en un rincón) y en las dos pude ver el absoluto dominio de la situación por parte de este personaje de apariencia tan endeble, pero de una energía tan fuera de toda duda, como es el actor Manuel Alexandre.

 

  Lo que da idea de su extraordinaria salud es oírle afirmar con absoluta claridad desde la atalaya de la edad casi innombrable: "El pasado no existe para mí. Sólo siento el presente y el posible futuro". Condiscípulo de Fernando Fernán Gómez y Rafael Alonso en la Escuela de Arte Dramático de Madrid, reconoce sin embargo que "a veces me da un vuelco la memoria y me vienen de repente los años 50". Parece inevitable tener recuerdos. Pero como norma de vida, el pasado no existe. Otra norma tan sabia como la anterior es que cada vez le importa menos todo.   

 

  La primera vez que lo tuve enfrente fue con motivo del estreno inminente de Atraco a las tres, el ya clásico título de José María Forqué reconvertido al teatro, en el Centro cultural de la Villa (Madrid), hará cosa de un par de años. La segunda fue apenas hace un mes, en noviembre de 2004, con objeto del inminente estreno, aquella tarde misma, de Tres hombres y un destino, en el Reina Victoria, función que desempeña actualmente junto a José Luis López Vázquez y Agustín González.

 

  En ambas, parecía a primera vista que a Manuel Alexandre lo del protagonismo le venía grande, cualquier profano podía pensar que quizás le habían colocado a él de adorno en esa posición de premimencia jerárquica que ocupaba en el centro de la mesa. O en consideración a sus muchos años, o a su impresionante trayectoria artística, pero no porque tuviera que decir él gran cosa allí, sólo representar. 

 

  Todo esto se disipó en cuanto empezó a hablar y todos comprendimos que le reservaban a él ese sitio fijo precisamente para que resolviera. Que los del equipo confiaban plenamente en su capacidad resolutiva para todo tipo de cuestiones, ya que como dice él mismo: "Yo ya no me pongo nervioso con nada porque en el fondo me importa todo un pito, ¡verdad?". Afirma y pregunta a la vez, todos le ríen la gracia, que cada cual piense, y por eso lo habían puesto en el medio.

 

  Manuel Alexandre era, en efecto, el centro de la reunión en ambas ruedas y, sin pretenderlo, el objetivo de la mayoría de las preguntas. Con su voz nada estridente, más bien bajita, muy delgada pero perfectamente audible, muy bien timbrada, haciendo gala de una naturalidad en apariencia carente del menor esfuerzo, respondía con mucha calma a las preguntas, todas banales y repetitivas por otra parte, que indefectiblemente iban dirigidas a él.

 

  Y al final se cabreó. Las dos veces. ¡No se iba a cabrear si las preguntas iban todas en este plan!: ¿Cómo se siente al interpretar de nuevo este papel? ¿Por qué piensa que se acordaron de usted al elegirlo? ¿Para cuándo la próxima actuación al lado de Menganito? ¿Qué pensó cuando le concedieron tal premio? ¿Y de la crisis del teatro, qué piensa un veterano como usted? Hasta que él, con la actitud de aquel a quien cada vez le importa menos todo, se lanzó: "Vamos a ver, ustedes y perdónenme, pero es que ya estoy harto: Resulta que los periodistas españoles tienen ustedes fama de ser los más sagaces y de hacer unas preguntas muy interesantes porque son grandes entrevistadores. ¿Cómo es entonces, y créanme que me gustaría saberlo, que en las ruedas de prensa ustedes preguntan siempre lo mismo sin sustancia? (Con un hilo de voz y sonrisa de niño:) ¿Están esperando a que me levante? Llevamos aquí media hora y nadie pregunta nada interesante... Interesante para ustedes (Risas del auditorio), oigan. ¿Qué pasa, que están esperando que acabemos para cogerme a solas y preguntarme ya de verdad y de una vez lo que quieren saber de la obra? Si ya lo he oído yo, que ustedes no preguntan nada en público para que no se lo roben (Risas de los periodistas y de la empresa) y por eso lo guardan para sacar cada uno la entrevista con las preguntas que tiene preparadas y que ahora me harán en cuanto acabemos de hablar aquí todos. ¿Verdad? Pues ya me las pueden ir haciendo ahora, que después me voy".

 

  Y mientras argumenta de esta manera poderosa y sin posible marcha atrás ni propósito de la enmienda, parece que la voz se le va a quebrar en cualquier momento, ya que no ha dejado de sonreír como pidiendo disculpas. Pero qué va, está tan tranquilo como antes de empezar. Ahora, lo de irse lo cumple, genio y figura. La última vez, en la sede del productor Cornejo (Tres hombres y un destino), lo viví escasamente a cinco milímetros: Trío de jóvenes micro en mano y cámara en ristre, cuaderno de notas también, que se le acercan no bien acabada la reunión, después de la diatriba que acaba de lanzar: "No, no, ni hablar. Han tenido ustedes todo el tiempo del mundo para preguntarme, no me vengan ahora a avasallarme, por favor". Y lo hizo. Y no hubo más.

 

  Veamos ahora ese curriculum tan maravilloso, que empieza 1945, cuando debuta en los escenarios. Ya antes, con el estallido de la Guerra Civil, había abandonado la carrera de periodista para lanzarse al TEU (Teatro Español Universitario). Se inicia en la compañía de Társila Criado y Jesús Tordesillas, que representaba en el Reina Victoria "Cuando las Cortes de Cádiz", luego pasó a la compañía del Eslava y más tarde a la del Español. Con "Las de Caín", llevada en gira por toda España con Tina Gascó y Fernando Granada, se decantó definitivamente hacia lo cómico. Desde entonces, ha participado como actor en las más importantes obras de humor teatrales de los últimos treinta años, también en televisión: La petición de mano, de Chéjov, La venganza de don Mendo, de Muñoz Seca, esta última para el famoso programa de teatro Estudio 1. Más tarde Luces de bohemia, de Valle Inclán, Madre coraje y sus hijos, de Beretold Brecht, en versión de Buero Vallejo para la compañía de Lluis Pasqual. En 1993 le fue concedio de premio Pepe Isbert al mejor actor de reparto por todos sus trabajos en teatro. 

 

  Actualmente expresa sus mayores preferencias por la televisión, que ofrece mejores condiciones y trabajos más cómodos y mejor pagados que el teatro e incluso que el cine. En ella, lo han consagrado series como Fortunata y Jacinta, Los ladrones van a la oficina (Premio Ondas 1993), Esa clase de gente, hecha con José Luis Prendes, Maruchi Fresno y Fernando Delgado... Gracias a Los ladrones... dice que pudo empezar a ahorrar en su vida, al llegar la serie a la segunda temporada. Hasta entonces, nunca.

 

  Tal vez por imperativos económicos, ha trabajado también más en cine que en teatro, ya desde 1947, con casi 300 películas en su haber: Con Berlanga ha rodado Bienvenido Mr Marshall, Calabuch, Los jueves, milagro, Plácido (que le valió el Premio Nacional de Cinematografía en 1962), Tamaño natural, París Tombuctú, Todos a la cárcel; con Juan Antonio Bardem, Calle Mayor, La venganza; Extramuros con Manuel Picazo; El bosque animado y Amanece que no es poco, ambas con José Luis Cuerda. La lista es interminable y llena más de medio siglo.

 

  Fue premio de la Crítica Cinematográfica en 1980 por el conjunto de su obra y Goya de Honor en 2002, también por el conjunto de su obra.

 

  Tan discreto de carácter y con esa débil salud de hierro, es de esperar que nos dé muchos otros éxitos. Tiene que haber alguien que, como él, nos diga las verdades necesarias a los que nos acercamos a él. Si no, esto sería un desierto.


Anunciación Fernández Antón
María Anunciación Fernández Antón 

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JOSÉ LUIS LÓPEZ VÁZQUEZ: 40 AÑOS DE ESCENA ESPAÑOLA

 

 

  Así es como define el Diccionario Mundial de Actores, de la editorial JC (1998), a José Luis López Vázquez:  

"Figurinista y ayudante de dirección de teatro antes que actor, José Luis López Vázquez forma parte, por derecho propio, de los últimos cuarenta años de la escena internacional. A principios de los 50 empieza en el mundo del cine y su trayectoria combina la comedia de sus inicios con el drama de su última época. Premiado como mejor actor en dos ocasiones por el Festival de Cine de Chicago y Medalla de Oro de las Bellas Artes en 1985, posee un historial impresionante y difícilmente superable de nuestra cinematografía". Y se suceden, acto seguido en el citado Diccionario, varias páginas repletas con la enumeración, año a año, de sus incontables películas, obras de teatro y trabajos para televisión.

 

   Sin embargo, preguntado hace pocos años, en una entrevista para la televisión, acerca de por qué seguía en el candelero, confesaba José Luis López Vázquez que, si seguía trabajando, era únicamente por necesidad. Pero no por necesidad existencial, sino "por mantener mi status. Que es muy alto. Bueno... (dudando). Bastante bueno". Y aseguraba que, de tener una posición económica holgada, dejaría de trabajar. Acto seguido añadía, aludiendo sin duda a su estado físico, pero también a sus cualidades en general: "Es que te tienes que cuidar mucho, porque si no... Que te quedas hasta sin músculos. Y eso exige un status muy alto".

 

  Impresionaba tanta sinceridad en un gran mito (no suelen hacer gala de sus lacras si no es delante del fisioterapeuta) y no dudé de que tenía toda la razón. Mantenerse activo y vigoroso cumplidos los 70, exige, quién lo duda, además de no bajar la guardia, cuidados que requieren muchísimo dinero, o al menos una cierta despreocupación por el vil metal. Ahora bien, en lo de dejar de trabajar, me quedó cierta duda porque, viendo su trayectoria, y sobre todo viéndolo a él, da la impresión de que José Luis López Vázquez no podría estar parado. Ni forrado en oro podría dejar el teatro. 

 

  Efectivamente, desde que a los 17 años empezara a trabajar como actor en el TEU (Teatro Español Universitario), hasta que obtuvo los primeros éxitos como protagonista, ya en 1951, y hasta el día de hoy en que sigue en perfecto activo ("Tres hombres y un destino", comedia estrenada en noviembre de 2004 en el Reina Victoria, de Madrid), José Luis López Vázquez no ha parado nunca de trabajar.

 

  Debutó en el María Guerrero en 1946, con "El Anticuario", al que sucedieron "El vergonzoso en palacio" y "La dama boba". No era él el protagonista ni fueron papeles sonados, por lo que se pasó al cine donde pronto cosecharía los mayores éxitos, primero bajo la dirección conjunta de G. Berlanga y Juan Antonio Bardem (Esa pareja feliz, 1951) y más tarde de la mano de Conchita Montes y Alberto Closas sucesivamente (Una señorita de Valladolid, 1958).

 

  Inició así una carrera meteórica en cine y a él están ligados para siempre, en nuestro recuerdo colectivo, títulos de películas tales como "Plácido" y "El Verdugo", ambas de Berlanga, o "El pisito", de Marco Ferreri, o "Atraco a las tres", de José María Forqué, a cuyo inefable cajero puso rostro, voz y ademanes José Luis López Vázquez. Por no hablar de la antológica "Mi querida señorita", de Jaime de Armiñán, con la que ganó el premio al Mejor Actor Protagonista, concedido por la Asociación de Periodistas y Críticos de cine, en 1975. Todavía hoy, cuando se repone alguna de estas películas, algunas en riguroso blanco y negro, resulta admirable de todo punto constatar la extraordinaria calidad de aquellos trabajos. Seguiría después una intensa colaboración con Carlos Saura, del que fue casi el actor totem: "Pipermint frappé"; con Antonio Mercero: "La cabina"; con Mario Camus: "La colmena".

 

  Cuenta en su haber con más de 300 películas, amén de las innumerables obras de teatro en las que ha tenido un papel protagonista, así como las incontables actuaciones en televisión, pues en su larga e intensa carrera ha cultivado todos los géneros dramáticos:

 

  Baste decir, en lo que al teatro se refiere, que trabajó cuatro años a las órdenes de Luis Escobar, uno de cuyos frutos fue la representación como protagonista de Equus, de Peter Schaffer. Valgan también como ejemplos, títulos tan diferentes como "La muerte de un viajante", de Arthur Miller, en el Teatro Bellas Artes, y "Que viene mi marido", de Arniches, estrenada en el Alfil, trabajos por los que mereció en Premio José Isbert al mejor actor en 1996. A este último autor español, Carlos Arniches, se puede decir que nadie lo ha sabido interpretar como José Luis López Vázquez y José Sazatornil (Saza). O "César y Cleopatra", estrenada en versión de Manuel Martínez Mediero, en el Festival de Teatro de Mérida 2001. A ellos sucedieron más tarde "Cena para dos", de Santiago Moncada, repuesta en dos ocasiones con gran éxito, el ya clásico de Brodway "La extraña pareja", en el Teatro Alcázar, así como la actualísima "Tres hombres y un destino", de Lorente y otros, en la que comparte actualmente papel con Agustín González y Manuel Aleixandre, en el Teatro Reina Victoria.

 

  En el año 2002, José Luis López Vázquez fue premiado con el Nacional de Teatro y le acaba de ser concedido el Goya de Honor 2004 por la Academia Española de Cinematografía, galardón cuya entrega tendrá lugar en enero de 2005.

 

  Y ahí sigue. Ojalá que por mucho tiempo. 


María Anunciación Fernández Antón 

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EN HOMENAJE A ALBERTO CLOSAS, LA SALA PRINCIPAL DEL TEATRO MUÑOZ SECA, DE MADRID, LLEVARÁ SU NOMBRE

   El pasado día 13 de octubre tuvo lugar un homenaje a Alberto Closas en el teatro Muñoz Seca, de Madrid. En la mesa estaban la poeta Fina de Calderón, las actrices Julia Gutierrez Caba y Analía Gadé, el actor Alberto Closas hijo, que momentos antes había descubierto la placa conmemorativa, y el empresario teatral Enrique Cornejo, que hizo las veces de presentador y de anfitrión.

   Además asistieron al acto un nutrido número de personalidades del espectáculo y de la cultura en general, como José Sazatornil (SAZA), el antiguo alcalde de Madrid José María Álvarez del Manzano, Asunción Balaguer, Rosa Valenty, Federico Luppi y un sin fin de rostros famosos, compañeros todos de andanzas y fatigas del gran actor homenajeado.

   Julia Gutierrez Caba improvisó un discurso destacando las cualidades de Alberto Closas, no sólo como actor con el que compartió escena en contadas ocasiones, sino también como director, una faceta menos conocida por el gran público. Analía Gadé leyó una emotiva carta en la que glosó su figura de caballero infatigable, amigo incondicional y trabajador inagotable, que hacía planes hasta para mucho después de su muerte, incluso cuando ésta ya estaba anunciada, aceptada y sabida. Porque sencillamente Alberto Closas no quería irse, esperaba el milagro. Así que, cuando le tocó el turno a su hijo, éste no pudo hablar porque, con ser un hombre hecho y derecho, las lágrimas se lo impedían por completo y hubo de disculparse.

   Pero antes que todos ellos, había intervenido la poeta Fina de Calderón y lo había hecho con un discurso que llevaba muy bien preparado, tanto que casi se lo sabía de memoria, y que me parece interesante reproducir aquí por dos razones:

   La primera, porque en él se mezclan todas las facetas de la riquísima personalidad de Alberto Closas, artísticas y humanas, y la segunda, por la gracia con que fue leído por esta mujer entusiasta. Tanto, que del esfuerzo hubo de ser atendida, acto seguido, por el SAMUR, pero esta pequeña debilidad fue sólo un momento, y ello sin duda a causa de la emoción, pues casi de inmediato, esta valerosa mujer insistió en volver a casa en su propio coche. Reproduzco, pues, el discurso que ella misma me prestó a insistencias mías en cuanto se lo oí leer:

  "Queridos amigos: Ante todo, perdón por mi voz que ha pasado, después de una insoportable gripe, de ser soprano a mezzosoprano o casi barítono.

  Era de rigor un homenaje a ese inolvidable actor que fue Alberto Closas.

  Para ello, mi buen amigo Enrique Cornejo me ha pedido unas palabras y un poema. Pese a estar inundada de trabajo, he querido complacerle y complacerme a mí misma tratándose de aquel gran hombre de teatro y de cine, que gozaba de tantos amigos actores, entre ellos José Luis López Vázquez.

  Por cierto, que reconozco entre el público caras admiradas y conocidas como la de Asunción Balaguer, con la que pienso próximamente estrenar al alimón una obra de teatro de la que me siento muy satisfecha y de la que no dudamos les gustará.
A Alberto Closas lo conocí en París a través de otro gran actor de La Comédie Française, Robert Manuel, que poseía una magnífica colección de estatuillas de Molière fabricadas en toda clase de materiales. Había Molières negros, amarillos, blancos..., en fin, de todas las razas.

  A este propósito, la hija de Robert Manuel, Cathérine Salviat, también actriz de La Comédie Française, que en estos días está representando en París "El gran teatro del mundo", tomará parte en uno de mis "Miércoles de la poesía".


  Con Robert Manuel y Alberto Closas frecuentábamos tanto los bistrots bohemios de Montmartre (sin obviar los de la Place du Tertre) como los más intelectuales de la Rive Gauche. En mi piso parisino del boulevard Saint Germain (¡qué habrá sido de éste!) a menudo aparecían ambos cargados de flores, e incluso recitaban para mí algunos poemas de mi predilección.

  Los tres amores de Alberto, todos lo sabemos, eran el teatro, las mujeres, los hijos y las flores. A su paso por las floristerías parisinas, iba vaciándolas y acopiando lo mismo rosas que azaleas u orquídeas... exceptuando, claro está, los crisantemos, que, como en nuestro país, tienen un significado en parte funerario.

  ¡Cuántos encuentros maravillosos me unen a estos grandes artistas de las tablas! Yo sabía todo o casi todo de Alberto Closas: que nació en Barcelona, donde transcurrió su niñez y su adolescencia; que más adelante marchó a Argentina. Allí estudiaría en la Escuela de Arte Dramático siendo partenaire, nada menos, que de Margarita Xirgu y convirtiéndose pronto en primer actor y rompecorazones. Su vida estuvo ligada a esas dos tierras que él tanto amó: Argentina y España, transcurriendo por igual su estancia en los dos países: 6 meses en cada uno.

  En Buenos Aires, tan pronto en los teatros de la calle Cervantes (tan justamente bautizada "la calle que nunca duerme" por el bullicio que la caracteriza, así como en el grandioso teatro Cervantes conoció mismas ovaciones. ¿Condecoraciones? Muchas. Citaré la Medalla de Buenas Artes, que recibió a la par que Buero Vallejo, y el San Jordi en Cataluña.

  Fundó también su propia empresa cinematográfica. Pero hay que destacar que, pese a sus elogiados papeles en el celuloide, nunca abandonó el teatro. Debutó en el Teatro de la Comedia y, luego, en el Marquina, que en gran parte era de su propiedad. Dignas de mención serían sus interpretaciones en la serie televisiva "Estudio Uno".

  Se puede decir que su vida la culminó en la escena, pues cuando interpretaba junto a Amparo Rivelles "El canto del cisne", le fue diagnosticada una implacable enfermedad, causa de su muerte."
 


   Aquí termina el discurso de Fina de Calderón al que siguieron nada menos que DIEZ ZÉJELES, compuestos también por ella misma y dedicados a glosar la figura de Alberto Closas, es decir, diez poemas cuya forma se remonta a nuestra primitiva lírica castellana (siglo XIV), y que constan de un estribillo, varias mudanzas y un verso de vuelta que rima con el estribillo. El estribillo dice así: "Recordemos las famosas/ comedias de Alberto Closas". Y éste, el estribillo, nos lo hizo recitar a todos a coro al final de cada mudanza, para que todos participáramos. Una verdadera fiesta. Después vendrían el cava y las delicatessen, a las que todos nos apuntamos también, menos ella, por lo que he contado más arriba.


María Anunciación Fernández Antón 

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SAZA. EL PEQUEÑO DE LOS SAZA

   "Yo soy Saza. Saza a secas, como mi padre, mi abuelo y todos los hombres de mi familia. En mi familia todos los varones hemos sido siempre Saza y sólo Saza. Y yo de pequeño era 'el pequeño de los Saza', que estaba loco porque me aprendía de memoria los personajes del teatro y los repetía en voz alta en el patio durante los recreos: El pequeño de los Saza está loco, decían, pero a mí no me importaba, yo a lo mío. Aunque luego en la función de clase no actuara, por mal comportamiento.

   Yo iba al teatro con mi padre los domingos. Los domingos, al salir de misa, íbamos a comprar un postre y mi padre sacaba las dos entradas. Después de comer, mi padre tenía una tertulia, era comerciante en Barcelona, y yo lo acompañaba a la tertulia. Y mientras charlaban, yo, que andaba por allí, me acercaba de vez en cuando ¡con mucho respeto! a la mesa donde estaba mi padre. Sin decir nada, claro, esto no se podía, hasta ahí podíamos llegar. Y él me decía: Todavía no, todavía no."

   Quien así nos tiene embobados se para un momento antes de continuar con sus andanzas de aprendizaje como actor. Es el otoño de 2.001, Tertulia de Garibaldi, Lunes de Teatro, que nunca antes lo había tenido yo tan cerca a José Sazatornil, Saza, tan cerca como para mirarlo a mis anchas fuera de los escenarios. Y es verdad que parece un personaje del barroco con esa palidez tan grande, con esa estilización tan suya, uno de aquellos que a él tanto le gustaba aprenderse de memoria en el colegio para recitarlos en el patio a solas mientras los demás niños jugaban. Y desde luego lo sería, si no fuera por ese bigote delgado como una línea, tan característico.

   "Yo iba para galán serio -continúa- y mis primeros papeles fueron de galán. Pero la gente empezó a reírse cada vez que yo salía a escena y claro, aquello no se podía. Y a mí me sentaba muy mal, eh, porque yo quería ser galán. (Risas). Yo era galán, ojo. (Más risas). Galán serio, trágico. Me sentaba muy mal que se me rieran en las barbas, pero no había manera. Hasta que no hubo más remedio que empezar a darme papeles cómicos. Dijeron: oye, que con éste se ríen. Y así fue como empecé. (Silencio. Estamos embobados.) A mí esto al principio me sentó muy mal, fatal. Pero eso fue sólo al principio, porque ahora, cuando oigo que se ríen me entra una alegría tan grande, que bajaría al patio de butacas y daría un beso a cada uno de los espectadores. (Pausa.) A las señoras primero, claro."

   -¿Cuál es tu personaje preferido, Saza? -pregunta un tertuliano, uno de los pocos que han salido de su asombro.
   "Ninguno. Los quiero a todos por igual, no tengo predilecciones, les debo a todos muchísimo. A todos les estoy muy agradecido".

   -¿Y cuál te falta por hacer? -se anima otro tertuliano-. Ese con el que sueñas y que todavía no has hecho.
"Ninguno. Estoy encantado con todos los que he hecho y no echo de menos a ninguno. No hubiera deseado hacer ningún otro más que los que he hecho. Por otra parte, con el personaje no se sabe nunca qué es lo que va a pasar, porque uno hace lo que puede pero luego todo depende del público. Mira, ahora llevamos año y medio en El Español cuando sólo contábamos estar tres meses. Y ahí seguimos. Y que dure por muchos años". (Risas. Se refiere a "Los habitantes de la casa deshabitada" de Jardiel Poncela, un éxito rotundo de público y totalmente inesperado).

   "Y yo hago de esqueleto en la función, así que ustedes dirán. (Sin transición:) ¿Saben ustedes que estoy muy contento de estar aquí? Y estaba muerto de miedo, que conste. Pero eso era antes de venir aquí porque pensaba que ustedes iban a ser muy duros conmigo y que me iban a someter a todo tipo de preguntas incómodas. Sobre todo después de ver al señor del otro día, que ése sí que era un sabio. Pero ahora que los veo a todos ustedes tan risueños y tan simpáticos, pues ya me encuentro mucho mejor. Son ustedes muy majos, sí señor, y les estoy muy agradecido. Y ahora me sacarán ustedes en brazos y gritarán: A la de tres! ¡A la de tres! Y yo me creeré que van ustedes a llevarme a un restaurante de tres tenedores, pero será que me van a dar tres coscorrones contra el dintel de la puerta antes de arrojarme a la calle, que es lo que se hacía con los malos actores".

   -¿Cómo te haces con el personaje, Saza? -se anima a preguntar otro de los asistentes a la tertulia.

   "Yo empiezo a leerlo y el personaje me va diciendo cosas. Y así una y otra vez hasta que me lo aprendo de memoria. Y entonces ya me dice de todo porque ya es mío. O yo de él, según se mire. Así es como yo me hago con ellos, o ellos conmigo. Y ésta es la razón por la que no trabajo más en televisión. Lo digo con toda humildad, eh, que yo para eso no valgo porque me lo tengo que estudiar hasta aprendérmelo de memoria: Que cuando mandan un taxi a buscarte a las 6 de la mañana, bien temprano, te vas repasando el guión que te dieron el día antes, y eso para mí es fatal, que ya digo que me lo tengo que llevar sabido al dedillo, y si no, no sirvo. Pero es que cuando llegas al estudio, te quitan el papel y te dicen: éste no es, es este otro. Y yo no puedo. Ahora, en cine sí, porque esto me lo respetan, Berlanga me ha llamado para todas desde que hice La escopeta nacional, lo que pasa es que no siempre puedo, pero llamarme, siempre. (Sin transición.) Yo estoy muy bien aquí con todos ustedes.
Son ustedes muy majos y no me han hecho ninguna pregunta incómoda, les estoy muy agradecido".

   Y un día lunes, algunas fechas más tarde, en la misma Tertulia de Garibaldi, alguien habló de las grandes figuras del teatro que habían muerto literalmente de hambre, o en estado de abandono casi completo. Y del miedo que tenían algunos a acabar igual por la misma razón, lo que motivaba una enorme austeridad en bastantes de ellos. Tacañería, dijo alguno. Maledicencias de cómicos, salió a relucir el nombre de Saza:
   -Uy, ése no sale nunca por las noches, nunca le verás por ahí. Y cenar, cena una sopa. Una sopa y una loncha de jamón York, no cena nada más.
   -Pues a mí Saza me ha invitado a comer -dijo Cornejo, el productor-. Y a cenar -añadió alzando la voz y creciéndose varios palmos ante mis asombrados ojos.
   -Pues si vas ahora (eran las 10 de la noche) a su casa, ya sabes lo que vas a cenar: una sopa -concluyó el maldiciente, que era un autor de éxito.

   Y yo pensé para mis adentros: Si yo tuviera la suerte de llegar una noche de invierno a una casa. Y que esa casa fuera la de Saza. Y que después de informarse por la criada de quién era yo, me invitara a pasar y a compartir su cena, con esos modales educadísimos de gran señor barcelonés asentado en Madrid. Y que una vez sentados los dos en torno a la mesa camilla, bien abrigadas las rodillas con el faldón de paño, empezara él a decirme entre sorbo y sorbo a la sopa: "Yo, sabe usted, soy Saza. Saza a secas. Y todos los varones de mi familia hemos sido siempre Saza y nada más que Saza. El pequeño de los Saza..."

   ¡Y qué más quisiera yo que ser esa viajera!

Nota: Este texto fue publicado por la revista ACTORES en el número de diciembre de 2003 y nos ha sido cedido por la autora.


 
María Anunciación Fernández Antón 

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MARY PAZ PONDAL


   Conocí en persona a Mary Paz Pondal hace tan sólo unos pocos meses en la Casa de Asturias, de Madrid, donde ella "formaba mesa" junto con otros (es cargo de la noble Institución), y lo que más me llamó la atención fue la gran simpatía que emanaba de ella y su enorme capacidad de comunicación, de dirigirse con claridad y sencillez a las gentes anónimas y de toda edad y condición que allí nos congregábamos.

   Tan es así, que en aquella ocasión, yo que no me sabía el programa y la oía desde muy lejos, al fondo de la sala, no pude menos de preguntar a mis vecinos de butaca quién era. Era, me dijeron, Mary Paz Pondal, y bien orgullosos que estaban de contar con ella en la Casa. Como que pertenece a la Junta Directiva, lo que lleva tan a gala como ser miembro de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas.

   Su nombre me trajo de inmediato resonancias de algo grande pero ya distante, dejado atrás y como muy alejado del momento actual y de mis propios intereses de crítico teatral. ¿Cómo es posible que yo no manejara a diario ese nombre y no lo oyera pronunciar por doquier en los ámbitos en que me muevo? Mary Paz Pondal, Mary Paz Pondal, repetí intentando recordar.

   Sin duda tenía la culpa de todo una época en que todo envejece de inmediato. Pero sonarme, claro que me sonaba, muchísimo, y no me pareció justo que tan gran señora quedara relegada a una época ya lejana de nuestra historia cinematográfica y teatral, cuando lo cierto es que se encuentra tan viva como entonces. Viva en todos los sentidos. Y bellísima. Enseguida me planteé ahondar un poco más en tan ilustre persona que debió poseer una belleza poco común, tal como lo demuestra la que aún hoy, ya entrada en años, atesora. Por dentro y por fuera.

   Primero, lo que dice de ella el Diccionario del Cine Español (Alianza Editorial), que dirige José Luis Borau: "Nacida en Oviedo, a los 16 años se traslada a Madrid para realizar estudios de Arte Dramático en la Escuela Superior. A finales de los años 60 se produce su lanzamiento artístico con papeles teatrales en La Celestina (Melibea) y con el inicio de películas como Club de solteros (P. M. Herrero, 1967)", en las que ya apuntaba su gran carisma de actriz erótica.

   Esta caracterización de erótica, en la que el diccionario insiste mucho como si de un cliché se tratara, ofende a una gran actriz que, sólo a causa de su gran belleza y de la estrechez mental de quien la juzga, sería acreedora de tal calificativo sin más. Pero los diccionarios son así, encasillan, y lo que es peor, se limitan a copiar lo que dicen otros y consagran a Mary Paz Pondal como erótica y a Aurora Bautista como declamatoria... Aunque peor, peor... Peor es que no te saquen en absoluto.

   Para comprender esto del erotismo, hay que situarlo en su contexto: Eran los años finales de la censura. Trabajos que combinaban el duro y difícil oficio de hacer reír en tiempos de penuria con un cierto aperturismo en lo social y en lo político. Fue algo muy propio de la transición democrática y un movimiento que dio grandes éxitos en películas en que se combinaba el llamado "landismo" con la pretensión de moralidad política y en las que Mary Paz Pondal actuaba junto a estrellas indiscutibles de la talla de Paco Martínez Soria (El padre de la criatura, de Pedro Lazaga, 1971, Estoy hecho un chaval y La Tía de Carlos, de L. Mª Delgado, 1981). Y en el que títulos como Aunque la hormona se vista de seda, de Vicente Escribá, 1971, Mi primer pecado, de Manolo Summers,1976, Esa cosa con plumas, de O. Ladoire,1987, se hacían merecedores del "erotismo desenfadado y opulento" de que habla el diccionario. Pero Mary Paz Pondal hizo más de CIEN películas.

   Tal vez por no aceptar encasillamientos, aunque éstos fueran motivados por el éxito arrollador, y porque sus inquietudes artísticas la empujaban a explorar otros territorios, Pondal decidió dedicarse paralelamente al teatro, actividad en la que se había iniciado en el papel de Melibea al lado de Milagros Leal: Los inocentes de La Moncloa, de Rodríguez Méndez, El deseo bajo los Olmos, de O'Neill, Ninette y un señor de Murcia y A media luz los tres, de Mihura, La barca sin pescador, de Casona, El baúl de los disfraces, de Jaime Salom, El baile, de Edgar Neville, son títulos en los que hizo papeles destacados. De nuevo el papel de Melibea, esta vez al lado de María Guerrero haciendo de Celestina... Y sólo cito por encima, saltándome las tres cuartas partes de todo lo que hizo, porque en el 73 tuvo que abandonar el trabajo momentáneamente para asistir al nacimiento de su hijo David. ¿Hay quien dé más? Pues suma y sigue:

  En 1974 forma Mary Paz Pondal compañía propia en la que, bajo la dirección de su compañero Fernando Pereira, muerto recientemente en abril de 2.004, consigue grandes éxitos de taquilla y de crítica: La zorra y el escorpión, de Alfonso Paso, con Armando Calvo; Amando Amanda, de Arteche, con Gracita Morales; Educando a un idiota, de A. Paso, con Máximo Valverde; La decente, de Mihura, con Vicente Parra. De gira por España, lleva El Hotelito, de Antonio Gala, por Guatavo Pérez Puig; La condecoración, de Luis del Olmo, por Vergel; El rayo, de José Osuna, Don Juan Tenorio, en El Español.

   En 1992 estrena espectáculo propio en el Centro Cultural de la Villa. Se trata de un montaje de diseño original para dar a conocer la obra del poeta García Lorca titulado Mi querido Federico. A éste seguirán los homenajes a otros poetas contemporáneos: Compañero del alma (Miguel Hernández) o Tres poetas (los citados y Antonio Machado), La paz y la palabra (Blas de Otero), trabajos con los que sigue recorriendo los teatros de España y de todo el mundo de habla hispana allí donde se lo soliciten. No descarta volver al cine. De nuevo pregunto: ¿Hay quien dé más? Si además tuvo tiempo de ser erótica, mejor para ella.

   Lo cierto es que a mí siempre me ha parecido totalmente serio el trabajo de gentes como Paco Martínez Soria, Alfredo Landa, Mary Paz Pondal, y el de todos cuantos se dedicaron con mayor o menor fortuna a hacernos reír o sonreír durante los años difíciles. A estas figuras gigantescas, épicas en cierto modo, se unen también nombres de grandes autores teatrales que iluminaron los años oscuros con su falta total de prestigio para sus contemporáneos (Mihura, Jardiel, Arniches), lo que les hizo trabajar por encima de sus posibilidades, en un verdadero descenso a los infiernos, para dejar una obra grande, inmensa, hecha contra el rechazo de las élites.

   Recuerdo a este propósito algo que dijo en su día Paco Martínez Soria: "el que tiene miedo de llegar hasta el fondo en todo lo que se propone, es que tiene miedo de lo que va a encontrar dentro de sí mismo".
Algunos adoptaron desde el principio el humor, a otros les vino de refilón sólo a fuerza de desastres, porque de repente descubrieron que tenían éxito en lo más inesperado, en lo menos serio y nunca querido (Arniches, Saza) cuando ellos pretendían nada menos que lo sublime, como cualquier hijo de vecino.

  Además de todas las virtudes descritas, su gran belleza y sus grandes dotes dramáticas, Mary Paz Pondal es la propietaria de algo envidiable, algo que me causa una envidia enfermiza, tremenda: Se trata de un molino en Asturias, un molino a 60 kilómetros de Oviedo, su tierra natal, el Molino de Oviñana, convertido ahora en Casa Rural y donde ella pasa el mes de agosto. Situado en plena naturaleza, el Molino se ubica en un entorno paradisíaco, muy cerca del mar y de la villa de Cudillero, capital del Concejo al que pertenece Oviñana. Cercanas quedan las playas del Silencio, del Aguilar y de San Pedro.

   Pues que sigas cosechando éxitos, Mary Paz, o que hagas lo que te guste y seas feliz. Te lo mereces.


 
María Anunciación Fernández Antón 

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TEÓFILO CALLE

   Tiene la cabeza de vate galaico y visionario, de mendigo ciego y poeta de los caminos que tan bien inmortalizara Ramón María del Valle-Inclán. Pero no es Max Estrella (aunque bien pudiera porque, como él, también escribe libros) sino uno de aquellos ciegos de la Galicia más profunda, la llamada Tierra del Salnés porque, como ellos, es sobre todo actor y vive de la palabra y del gesto.

   Hablo de Teófilo Calle, a quien veo por primera vez en escena, su voz la conocí mucho antes gracias a la radio. Está sobre el escenario de la Sala Fernando de Rojas (Círculo de Bellas Artes, Madrid) y yo, con el resto de las novecientas personas que llenan el patio de butacas, creo que su mirada encendida (hace de San Juan de la Cruz en un texto de Martín Recuerda) se dirige a mí y que sus palabras me están en exclusiva destinadas. En el calabozo, a oscuras, habla con Cristo mismo, que se le ha aparecido, y su cabeza resplandece como si un foco cenital la iluminara, pero es sólo el resplandor de su mirada. No hay otro igual.

   Al lunes siguiente, en Garibaldi, la tertulia semanal a la que él había acudido esta vez como ponente, en su día de descanso, no pude menos de preguntarle: -¿Me mirabas, Teófilo? -Sí -respondió. -¿A mí? -insistí, temerosa de la broma que imaginaba típica actoral. -Claro. Eso no tienes que dudarlo nunca.

   Comenté el hecho con otros de los asistentes a la función, allí presentes, y a todos les había pasado lo mismo: habían sido mirados a los ojos por él, desde el escenario, y se habían sentido impelidos, directa e individualmente, por las palabras inspiradas del Santo Poeta. Ese famoso "Saint John of The Cross" que tanto estudian las universidades extranjeras y que llena los pies de página de tantísimos libros de poesía ilustrada, había tomado cuerpo por unos momentos en la estructura física de Teófilo Calle. Y era sólo teatro leído. ¿Qué no será éste cuando interprete "de verdad" y sin leer?, pensé yo para mis adentros.

   Por entonces, la obra importante que se traía entre manos era El Tenorio, en la que hacía el papel del muerto, don Gonzalo de Ulloa: Yo no puedo vivir en actor -confesaría en esa misma tertulia- porque si yo me lo creyera, oye, ¡que me matan todas las noches! ¡Y yo tengo mujer e hijos! No podría ir acto seguido a mi casa y ejercer de marido y padre responsable.

   Qué vehemente es el discurso de Teófilo Calle y quién pudiera creer eso de que "yo no vivo en actor". Yo desde luego, no me lo creo. No hay más que verlo cuando se expresa aquí, entre íntimos, para comprender que algo conserva de todos los personajes a los que ha dado vida sobre las tablas. Así que añade acto seguido: -Esto es un juego y tienes que pensar: ¡Qué bien me engaña éste! O qué mal, según.
Con esto ha resumido La paradoja del comediante, de Diderot, autor en el que este actor es ducho y docto.

   -¿Pero hay algo que no sea un juego? -le interpela Luis Riaza, habitual e íntimo tertuliano de todos los lunes-. -Sí, ser padre responsable no es ningún juego. (Sin duda hablan de distintas acepciones de "jugar", pues es seguro que Teófilo Calle, de padre o de actor, siempre se la juega.)

   -¿Había mejores actores antes, querido Teófilo? -le aguijonea la voz cascada de otro tertuliano, poniendo sal en la herida abierta de las comparaciones. -Hombre, ahí tienes el acueducto de Segovia que lleva en pie 2.000 años, mientras se nos hunden puentes y torres de cojones. ¿Por qué? Manda la pela. Hoy se aplaude a un chavalito porque es famoso, no porque sea actor. A éste no se le aplaude, mira por dónde. Pero tampoco se le abuchea. Hoy el público pasa (y ahí le duele). Claro, los jóvenes no quieren aprender, no quieren escuchar. Aquí es "yo soy el más grande y me cago en todo lo que se ha hecho hasta ahora", falta educación: ¿Qué es lo que quiere la gente? Si a los niños se les preguntara, no irían a la escuela, irían al río. Así vamos todos, al río. -Pero antes era la dictadura del actor, ¿no? -le pincha de nuevo el de la voz cascada que qué bien sabe provocarle, como que es Enrique Centeno-. Se era de Ribelles o de Merlo. O de Ricardo Calvo. Y esto es inadmisible hoy en día.

   -¿Dictadura? -se rebela de nuevo Teófilo Calle-. Yo me arrodillo ante mis maestros, lo haría todavía si los tuviera delante. Y es cierto que ahora el actor no cuenta, manda el director de escena, y hasta las luces cuentan más. Estoy de acuerdo en que hoy el actor es el último.

   Esa misma noche todavía, un implacable Mendizábal lo interpeló también: -Tú mucho teatro leído, pero tu director Robert Muro recibe un buen dinerito de la SGAE y del MEC. Y está mal que yo me queje porque soy un director de éxito, pero siempre se las llevan los mismos, las subvenciones, oye.

   El vate galaico y visionario ha de hacer frente a algo tan terrenal como hablar de dinero, pero acaba de decir que todo lo humano atañe al teatro y allá va, humilde como el ciego de Misericordia: -Hombre, si me dan a elegir, hubiera puesto una ayuda en ruta en vez de dinero directamente. Pero las cosas están como están y así es como se hace, yo en eso no mando. -Sí -insiste el exitoso-: ¿Y qué harías tú con una ayuda para autobús si te dejan fuera de la RED de teatros? -Pues no sé lo que haría pero algo haría. Haría, haría...

   -Teófilo, yo te imagino a ti fuera de cualquier RED al frente de una troupe de cómicos, subido a un autobús para ir a comer el bocadillo al campo con tus compañeros de infortunio, improvisando escenas por los arcenes y las cunetas de España. Y hasta te puedo imaginar componiendo versos al bocadillo de chorizo, una especie de loa para amenizar el acto a la manera de los primitivos comediantes. Mira, te regalo el primer verso: "Humilde aunque dignísimo condumio". ¿Qué te parece? -De perlas, me parece de perlas -respondió con la mayor mansedumbre del mundo. Y subrayó la expresión con su mirada luminosa de vate galaico y visionario.

   Meses después, estrenaría en el Teatro Albéniz, Misericordia, de Galdós, y en ella haría el papel de Almudena, el marroquí harapiento, el mendigo ciego enamorado de la señá Benina. Luego seguiría haciéndolo por todos los escenarios de la bendita RED de Teatros de la Comunidad de Madrid.

   Desde su retiro en Jerez de la Frontera, donde actualmente descansa por prescripción facultativa, Teófilo Calle dispone ahora de más tiempo para escribir sus artículos, preparar nuevas ediciones de sus libros y dar sus clases magistrales a las gentes de Arte Dramático, con mayúsculas, en un magisterio que no se limita al teatro sino que abarca y se extiende a todo el contenido integral y social de la persona. Es un retiro dorado del que el artista saca tiempo para ocuparse de sus amigos, los que siguen estando en Madrid y los que le nacen por todas partes.

Nota: Este texto fue publicado por la revista ACTORES en el número de junio de 2003 y nos ha sido cedido por la autora.


 
María Anunciación Fernández Antón 

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AURORA BAUTISTA la actriz que puso rostro a tantas heroínas

 

   Pocas figuras tan dignas de estar en los diccionarios del cine y del teatro español como Aurora Bautista, la actriz que puso rostro a tantas heroínas que han sobrevivido a los avatares de la Historia de España gracias al cine. Pero sea que vivimos demasiado de prisa y todo lo olvidamos muy pronto, sea que Aurora Bautista pertenece al repertorio de caras que los jerifaltes de la cultura asocian con los años más duros de nuestra reciente historia, lo cierto es que su imagen ha quedado relegada al panteón de ilustres heroínas... del pasado: Santa Teresa de Jesús, Agustina de Aragón, Juana La Loca. Y aunque puede decirse que actualmente asistimos a una paulatina recuperación de estas mujeres en el mundo del arte, ello no ha traído, por el momento, la redención de la que tan bien las supo encarnar. Todo se andará.

   Lo cierto es que, a pesar de formar ya parte indefectible de nuestra memoria colectiva, en mi búsqueda de datos concretos sobre Aurora Bautista me encontré con que el Diccionario Mundial de Actores no la trae. Tampoco el índice de actores del libro "100 años de cine", de Augusto M. Torres. Por suerte, el Diccionario del Cine Español que dirige Juan Luis Borau y edita la SGAE corrige en parte el entuerto, aunque miren lo que dice de Aurora Bautista: Actriz declamatoria y grandilocuente. Por supuesto, hablaba de su papel al frente de las heroínas citadas, digo yo. No de La Tía Tula.

   Sin embargo nadie duda de que Aurora Bautista es una gran actriz, una de las más grandes, y que en sus inicios cubrió todas las facetas dramáticas, desde el teatro clásico, en el que se inició, hasta el cine, donde triunfó por completo en la década de los 50 y sobre todo de los 60. Pero nunca abandonó el teatro, como veremos.

   Su infancia y primera juventud parece que fueron duras, al menos tal como imaginamos que debe corresponder a una niña de postguerra, hija de un republicano represaliado y obligado a dejar su ciudad (Valladolid) para vivir en otra bien distinta (Barcelona), adonde hubo de trasladarse con toda su familia al salir de la cárcel. El argumento de su vida resulta así en verdad novelesco como pocos y me recuerda mucho la peripecia vital de una heroína de novela que me impresionó enormemente cuando la leí, Leticia Valle (Memorias de Leticia Valle) cuya autora, Rosa Chacel, también era de Valladolid. Algo que viene muy a cuento con lo que luego diré de Aurora Bautista a la que he conocido en persona hace apenas unos meses.

   Leticia Valle cuenta sus experiencias de niña de postguerra española, ambientadas en Simancas y otros lugares de la Castilla imperial, en el mismo tono intimista y observador para los detalles mínimos, de aguda nostalgia por la cotidianeidad, que podemos ver en la mirada de Aurora Bautista. En la de las películas y en la de carne y hueso.

   También en aquella novela hay traslados que causaban ausencias y añoranzas, pues los ojos de la niña se fijaban con tanto detalle en lo que tocaban, que por fuerza había de añorar lo que dejaba atrás aún antes de conocerlo. Preciosismo de lo vulgar, lo han llamado algunos, capacidad para crear microcosmos con la mirada a partir de elementos muy pobres de la cotidiana vida de provincias, limitada casi a ver sin ser vistos, han dicho acertadamente otros. Todo eso es lo que comparte Aurora Bautista con la heroína de la novela de Rosa Chacel.

   Estas mujeres de postguerra tenían una extraordinaria capacidad para crear mundos insólitos, a la manera de los que crea la pintura, en medio de la más anodina cotidianeidad provinciana. Basta para darse cuenta de ello con recordar a La Tía Tula, la heroína de la película de Miguel Picazo (1964) basada en la novela homónima de Unamuno, a la que ha quedado indisociablemente unido el nombre de esta maravillosa actriz. Su mejor papel, sin duda inolvidable. ¿Alguien se ha aburrido viendo esa película? A mí siempre me ha parecido apasionante, puro suspense. La mujer se ve reducida, como en las novelas de la gran autora que cito y de otras muchas escritoras casi coetáneas (Carmen Martín Gaite, Josefina Rodríguez Aldecoa, Elena Soriano) al espacio doméstico, un espacio privado que resulta asfixiante visto desde fuera. Allí la mujer desarrolla, sin darse cuenta, una forma de desenvolverse y sobre todo de mirar, que es capaz por sí misma de crear, completamente encerrado entre visillos, un
auténtico microcosmos. En la Valladolid de Rosa Chacel, en la Salamanca de Carmen Martín Gaite, en el resto de las ciudades del interior de la postguerra española donde sólo se podía mirar a la calle entre visillos (de ahí el título, uno de los más conocidos de Martín Gaite) la mirada de la mujer debía de ser por fuerza así y así ha quedado reflejada en la literatura y en el cine.

   Las otras tenían el mar (Carmen Laforêt, Mercedes Salisach) y ahí la mirada ya es distinta, pero en la ancha Castilla de Unamuno, no había más remedio que mirar hacia adentro. De ahí que ellas, como Tula, sólo podían crear y recrear su intimidad y el espacio de su mirada era el de su propia interioridad. Una intimidad entrevista, soñada, pocas veces vivida en plenitud, pero que ellas debían defender contra todo y contra todos porque era lo único que tenían.

   Aurora Bautista tuvo también más tarde el mar catalán, pero le quedó para siempre esa mirada ensimismada, intimista, creadora de microcosmos en los que posarse, llevados ya para siempre y por doquier desde su infancia y adolescencia vallisoletanas.

   Después de debutar como actriz de teatro clásico en Barcelona interpretando a Shakespeare y a nuestros clásicos dentro del Teatro Universitario de la ciudad Condal, la fama le llegó de inmediato con Locura de amor (1948) a las órdenes de Juan de Orduña, quien la dirigiría también más tarde en Pequeñeces y Agustina de Aragón (ambas en 1950). Hasta aquí lo que dice el Diccionario. Lo otro es la altisonancia.

   Pero en el último número de Teatro Madrid (Mayo 2.004) se aporta un dato sumamente interesante sobre Aurora Bautista. Es la actriz Ana Marzoa quien habla de su carrera, para lo que enseña una foto en la que junto a ella, se ve actuar a Aurora Bautista: "Recuerdo una obra que tuvo mucho éxito en el Teatro Marquina, se llamaba Paso a paso, dirigida por Ángel garcía Moreno en el 87. Era la historia de una academia de danza, de Richard Harris. Y recuerdo sobre todo a Aurora Bautista porque tenía en ese montaje una comicidad extraordinaria, estaba deliciosa...Era un reparto maravilloso: Encarna Paso, Gemma Cuervo, Aurora Bautista, que estaba fantástica". Estaba fantástica, repite una y otra vez con sincero entusiasmo Ana Marzoa.

   Versatilidad de una gran actriz, capaz de hacer creíbles papeles tan dispares como los de reina castellana y chica de revista. Y todo ese potencial se sigue adivinando en esa mirada serena, atenta al detalle y hasta escudriñadora, capaz de hacer no obstante, de perfecta y anónima asistente a un evento cultural.

   Era en la Casa de América, pura casualidad. Apenas dos días antes la había visto en una galería de Arte de la calle General Castaños, y sigue siendo la misma Tula de siempre. Nunca la había visto fuera de la pantalla, pero con toda naturalidad respondió a mi saludo como si se tratara de dos viejas conocidas. Inmediatamente me dijo dónde vivía (cerca del Wellington, menuda suerte) y añadió: "ahora", no sea que yo me equivocara y fuera a verla a su antiguo domicilio. La misma cara de niña asombrada sin una gota de maquillaje, nada que ocultar, nadie de quien ocultarse ni ante quien exhibirse, una más escuchando a José Manuel Caballero Bonald, eufórica porque sigue haciendo películas (la última El Tiovivo, de Garci, me contó, con otros que también son santo de mi devoción, como Juan Jesús Valverde).

   Si alguien hubiera exclamado en la Casa de América: "¡Es Aurora, Aurora Bautista!", todos se hubieran vuelto hacia ella y el interés por el acto hubiera cambiado de rumbo. No fue así. Si hasta su nombre de nacimiento lo conserva tal cual, que no necesitó cambiárselo para triunfar. Aurora Bautista Zúmel. Así nació y así vive. No iba a cambiarse de nombre La Tía Tula. Declamatoria. Pues vaya.


Imágenes de Aurora Bautista tomadas de la Web de Festival de Cine Iberoamericano de Huelva.

 


 
María Anunciación Fernández Antón 


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MARÍA FERNANDA D'OCÓN Y Mª JESÚS VALDÉS, DOS DAMAS DE ROMANCE


     Madrid, 24 de mayo, 8 de la tarde. El espacio era ameno, pues se trataba del Casino de Madrid en la Calle Alcalá, foro ya de cultura y no de juego, donde los libros conviven con la nouvelle cuisine y demás zarandajas rococó por techos y escaleras (no hay culpabilidad en ello, que todo esto es cultura, ya lo vamos entendiendo las masas cerriles) en una armonía difícil pero lograda. Salón Real, augusta denominación que ya de por sí invita al descanso, tanto más logrado cuanto que uno asiste al grato evento en calidad de último mono y así es como debe ser. Lo demás, vanidad de vanidades, dijo El Eclesiastés.

    Ya había allí abundante surtido de académicos (Gregorio Salvador, muy seco él, de la Lengua; Gonzalo Anes, encantador, de la Historia) y teatreros (Gustavo Pérez Puig, siempre accesible), algunos que reunían las dos características juntas (Antonio Mingote, todo gentileza) y celebridades en general del mundo de la cultura y hasta de la política (el exalcalde de Madrid José Luis Álvarez, Federico Trillo, Fernando Suárez, Marina Castaño) como para que una no pudiera tomarse un merecido descanso entre tanto canapé indescifrable y sopa de ajo de diseño.

    Y por encima de todos ellos, dominando el espacio escénico como una aureola, las dos damas del teatro español y universal cuya presencia ya habría bastado, y de hecho bastaba, para llenar y aún iluminar por sí sola, aquellos salones: María Jesús Valdés y María Fernanda d'Ocón. Tan era así, que el mayor acierto de los organizadores del acto era el haberlas convocado juntas a ellas dos como anfitrionas y madrinas y como reclamo al fin de la fiesta. Dos auténticas damas de la escena que hacen grande hasta lo más ínfimo.

   Porque el evento no eran ellas, eso estaba claro y era evidente que ellas estaban sólo de adorno y acompañamiento, pero el que las invitó bien sabía lo que iba a ocurrir y a eso vamos, que cuando pienso que Jaime Campmany fue crítico teatral en sus inicios periodísticos, doy saltos de alegría sólo de pensar en el brillante porvenir que me espera.

   Pues se trataba, en efecto, de la presentación de un libro del citado periodista Jaime Campmany, un libro de romances modernos titulado nada menos que "Romancero de la Historia de España. De Atapuerca a los Reyes Católicos)", título que nos hace esperar (o temer, según se vea) una segunda parte para los más de cinco siglos que quedan sin tocar. La editorial, LA ESFERA. La concurrencia, numerosa. Bien. Hasta aquí todo de lo más trivial, pues ya sabemos que en Madrid, cualquier tarde a esas horas, o das una conferencia o te la dan.

   Pero el avezado periodista echó mano, en un acto de sagacidad envidiable por demás, de sus conocimientos y de su experiencia como crítico teatral, para invitar, so pretexto de que recitaran sus romances, a las dos damas cuya actuación estelar no sólo le iba a resultar útil a la hora de realzar la indudable calidad de los octosílabos sino también para llenar con su sola presencia los locales del Casino y asegurar de este modo el éxito total del evento y del libro.

   Así, cuando los oradores que escoltaban al autor en la mesa (Gonzalo Anes, presidente de la Real Academia de la Historia, y Federico Jiménez Losantos, de la COPE) concluyeron su papel de oficiantes padrinos, cuando a los parabienes y felicitaciones de los padrinos se sumaron las palabras del propio autor agradeciendo la presencia allí de todos, se concretó la sorpresa largamente anunciada de las dos actrices madrinas intervinientes, y fue sólo entonces cuando las dos damas, sentadas hasta entonces entre el público asistente, subieron al estrado para recitar.

   En ese momento María Fernanda D'Ocón tomó por su cuenta el Romance de Florinda La Cava y el rey Don Rodrigo, no el que escribiera aquel poeta anónimo del XV sino el del libro de Campmany, y le añadió todo el ardor guerrero y pasional que ella es capaz de crear para tales personajes sobre un escenario. El escenario que sea. A continuación fue el turno de María Jesús Valdés y con ella en el estrado, La Jura de Santa Gadea, que tan mal deja al gran rey Alfonso VI, pareció que suavizaba, al conjuro de su voz, las rencillas entre reyes y nobleza.

   Las dos cosecharon enormes aplausos y lo único que puedo desear es que cunda el ejemplo y que se repita el caso. Ojalá que para cualquier evento se contara con las gentes del teatro porque seguro que ellos sabrían poner, con sus actuaciones, el punto de reflexión en medio del desbarajuste que suele reinar en las reuniones y "saraos" culturales en general. Y quién sabe si ello acercaría a las gentes al teatro haciéndolas acudir más tarde a las salas.

   Nota: Mientras escribía este artículo, la autora tuvo que hacer grandes esfuerzos para que no le salieran pareados.


 
María Anunciación Fernández Antón 

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TIRANO BANDERAS SERÁ HÉCTOR COLOMÉ Y NURIA GALLARDO, LA MUJER


    No podían haber encontrado a otro mejor, no podían haberse ido a fijar en uno que mejor encarnara sobre las tablas la figura del tirano que inmortalizara para el teatro el genio de Ramón María del Valle-Inclán.

    Cuando me lo dijeron tan sólo hace unas horas, en la sala Manuel de Falla de la SGAE, y el propio Héctor Colomé estaba presente allí mismo, en carne y hueso de actor, comprendí que el papel estaba hecho para él. Que él llevaba toda la vida esperando a ese Tirano y que ese Tirano sudamericano lo estaba esperando a él a lo largo de los años (más de un siglo) para apoderarse de su sustancia humana, que, en el caso de un actor, sólo puede estar hecha "de la misma materia de los sueños".

    Me basaba en todo lo que de él he visto, en cine, teatro y televisión, pero, pero sobre todo en lo que su persona tiene ya de emblemático para mí, que inevitablemente lo veo pisando la escena hasta cuando va por la calle. O cuando come gambas, como esta mañana. Es decir, no sé nada más de él, ni su edad ni su vida privada me conciernen, todo en él me es ajeno excepto el recuerdo de verlo actuar. Y sus papeles, todos, hacen honor a lo que digo.

   ¿No hizo acaso hace años en el Teatro de la Comedia el inolvidable Basilio, aquel desgraciado rey de Polonia y padre de Segismundo en La vida es sueño, que sentado en aquel imponente trono dorado tan bien ilustraba, con su perfil de águila y su voz de piedra, todas las glorias y miserias del poder?

    Por entonces debía de ser muy joven Héctor Colomé, mucho más que ahora quiero decir puesto que ya hace casi diez años de aquella representación. Sin embargo, qué empaque, qué presencia escénica tenía ya allí y qué manera de actuar que dejaba pequeño el escenario, abrumado aquel padre por la horrible carga de tener que encerrar al hijo amadísimo en una torre. O dejarse matar por él, como anunciaron los terribles hados. Qué madurez entonces como actor, lo que da que pensar qué hará ahora cuando, más maduro, se enfrente a Tirano Banderas.

    Como yo siempre hablo de las clases populares a las que pertenezco, tengo que decir que su papel en la serie de TV recientemente concluida "Luna Negra", salvó muchos días del tedio a los sufridos telespectadores de todas las edades, incluida la llamada tercera edad. Su figura de malo malísimo a más no poder, junto con la de María Luisa Merlo que hacía de moderadora, salvaron los últimos días de una serie que, devorada por el éxito inicial, se extendió hacia el final de sus días en más capítulos de la cuenta.

   Recientemente me tocó hacer la crítica de Noche de Reyes sin Shakespeare, de Marsillach, que en el María Guerrero dirigía su viuda (de Marsillach) Mercedes Lezcano. "Toda la obra es Héctor Colomé", dije entonces. "Su presencia, su gesto, pero sobre todo su voz, sirven la obra por entero, llenan la escena y es lo único que allí significa". Me parecía crueldad con el resto de la plantilla y con la directora misma, pero era la pura verdad. No podía decir otra cosa que lo que había visto desde la platea.

    Pero no creo que vaya a suceder ahora lo mismo, porque en este caso su partenaire femenino será nada menos que Nuria Gallardo, la inolvidable Tamar calderoniana (La venganza de Tamar) que tuvimos ocasión de presenciar hace pocos años en el Teatro de la Comedia. Fue un escándalo su desnudo, que casi impidió que se hablara de su buen trabajo, algo que ya era de sobra conocido. Está igual de guapa, pero mucho más hecha como actriz. Sus actuaciones destacadas, igual que las de Colomé, llenarían varios folios como éste. Baste decir que es una actriz que abarca todos los registros y todos los géneros: Lope de Vega, Chéjov, Pessoa... Y que como sucede con Colomé, el teatro en su vida es parte sustancial e inseparable del conjunto.

   La obra, producida por el también actor Tomás Gayo, empezará a rodar en octubre por provincias para aterrizar posteriormente en Madrid, ojalá que coronada por el triunfo. Quiero nombrar también a mis amigos los actores Cipriano Lodosa, Chema Muñoz, Ismael Elejalde, Julio Escalada, Carlos Santos, Mundo Prieto y Ángel Burgos, a los que conozco muy bien porque acaban de actuar en La Serrana de la Vera, El Caballero de Olmedo y La Celosa de sí misma.
 


 
María Anunciación Fernández Antón 
 

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PACO MERINO: EL MEJOR EN SU PUESTO

     Siempre me ha gustado el apellido Merino por lo que tiene de relumbrón medieval y en este sentido no he conocido a nadie, ni actor ni no actor, ninguna cara que para mí mejor represente ese relumbre tan especial al que me refiero, que Paco Merino. No sé si él estará de acuerdo, hablo de mí.

    Será que lo vi por primera vez haciendo de bachiller cervantino en Las gallinas de Cervantes. Que más tarde lo vi atendiendo una venta de ruidosos arrieros entre los que muy bien podrían encontrarse los dos locos geniales de La Mancha. No sé. Lo cierto es que Paco Merino sigue teniendo para mí, a día de hoy, la cara del posadero afable, la apariencia gratísima del animador incansable de mesones castellanos y fogones medievales.

     Será, en fin, por todo eso y por lo que no es eso, y porque al conocerlo personalmente no se ha alterado un ápice mi apreciación inicial sobre su natural compechanía y gallardo sentido común, por lo que siempre me lo imagino poniendo orden y cordura en el plato y en los ademanes de sus huéspedes, sean éstos los más levantiscos de la gran venta del mundo. Y ello siempre con una palabra afable y un vaso de buen vino. Un humilde vino que en sus manos es... ¡manjar de dioses!

    A Paco Merino lo tenían que nombrar embajador de buena voluntad para que acudiera a resolver los conflictos allí donde tuvieran lugar, armado siempre por todo instrumento del jarro desportillado y generoso, con la seguridad de que lograría conciliar, sólo con unas pocas palabras "verdaderas", sabias y prudentes, a los enemigos más encarnizados. Hacen falta muchos Paco Merino.

    Los ojos negrísimos, redondos como platos de puro asombro ante la vida y ante las cosas, siempre dispuestos a elevarse al cielo (o a volverse hacia sí mismos) para volver de inmediato a la tierra con una frase sensata cargada de humanismo, con una ponderada ironía llena de saber popular y de bondad con que repartir -y departir- a manos llenas. La palabra bien pronunciada y sabia que ilumina de repente, como un cortocircuito, la mayor de las confusiones en la vida y sobre las tablas.

    Porque eso, esa sabiduría ancestral que para mí lo hace brillar sobre el común de los mortales en cualesquiera foros donde se encuentre (hace nada en la Casa de Galicia celebrando la Festa do Galo do Curral), no quiere decir que nuestro personaje se sitúe por encima de sus semejantes. Muy por el contrario, sabe Paco Merino mirar a la cara a sus interlocutores, sean de la talla que sean, y comunicar con ellos, por medio de una honestidad y una intensidad envidiables, esos sentimientos que con tanta hondura sabe buscar en su interior.

    Mesonero humanista de venta cervantina. Tal vez incluso podría ser el mismísimo Sancho, un hombre capaz de embarcarse en cualquier locura no por sí, que él está bien donde está y no requiere nada más, sino porque un amigo del alma se lo solicita. Nunca queriendo ser Quijote sino tratando de hacer bien el papel a él encomendado, el más humilde servidor sea cual sea la servidumbre a él destinada. Nunca perdido en las nubes de la nostalgia o de la fantasía de lo que pudo ser sino bien plantado en el suelo a la manera del más humano rechoncho y lleno de sentido común que han visto los siglos: Sancho mismo.

     Personaje secundario como él pero siempre perfecto allí donde esté, el más necesario en su papel, indispensable para que los demás funcionen y brillen. El que no ataca nunca en primer lugar, pero que si le atacan, sabe defenderse como nadie, con el dardo de la palabra clara que da siempre en la diana certera. El que sabe mostrarse fiero cuando las circunstancias lo requieren, sin perder nunca por ello la educación ni la dignidad. El que a la zafiedad ambiente, opone el humanismo de su humilde sensatez.

    Así es como yo veo a Paco Merino, un actor al que admiro de lejos, sin conocerlo apenas. No sé nada de su vida privada, no sé ni su fecha de nacimiento ni falta que me hace. Sólo sé lo que he visto con mis ojos y lo que traen los diccionarios, que es escueto pero rotundo:

    A los treinta años abandona un trabajo seguro en la banca (al menos era seguro hace 30 años) y se dedica, por suerte para nosotros, al teatro. Emprende así una larga carrera de éxitos que han hecho de él uno de los actores españoles de más renombre, pero sobre todo uno de los más apreciados y queridos por el gran público a causa de su gran sensibilidad. Entre sus obras dramáticas, cabe destacar: Los gigantes de la montaña, a las órdenes de Miguel Narros, La detonación, con José Tamayo. Para el Centro Dramático Nacional representó El Proceso, a las órdenes de Gutiérrez Aragón y Noche de guerra en el Museo del Prado, bajo la dirección de Ricard Salvat. Vino después La vida es sueño, dirigido por José Luis Gómez, La salvaje, por José Osuna, Pluto, por Juan Diego, Mata-Hari, por Marsillach, Luces de bohemia, por Lluis Pasqual, Coriolano, por Richardson...Y un largo etcétera que no se agota en una cuartilla y que se prolonga hasta hoy con numerosas películas a las órdenes de directores españoles (Pilar Miró, Carlos Saura, Juan Miñón Trujillo, Martínez Lázaro, Víctor Erice, Carlos Berlanga, Fernando Colomo...), así como numerosos trabajos en televisión.

    Pero además Paco Merino ha conseguido ser querido por el gran público (se abren sonrisas de simpatía al nombrarlo en cualquier espacio) y, algo rarísimo, es respetado por sus compañeros y no tiene enemigos dentro de la profesión. También ha sabido conectar con las nuevas generaciones para las que es un maestro del buen hacer y del saber estar. Lo admiran al margen de escuelas y tendencias porque saben que donde él está, está como nadie. Que esa calva y esa expresión tan trabajadas encierran toda la sabiduría y la experiencia de los grandes actores y esos ojos asombrados guardan toda la inocencia preservada de los segundones, un epíteto que él dignifica y que también nos lleva de nuevo a la Edad Media, a una casta a la que pertenecía nada menos que El Cid.

    Porque no es Paco Merino el que manda en el escenario generalmente, casi nunca lo es, pero tan bueno es en lo suyo, que podemos estar seguros de que donde él está, es insustituible. Que cual sea el papel que desempeñe, el más ingrato, lo bordará, y eso es lo que el público de hoy sabe apreciar. Un hombre que es él y sus circunstancias en la escena del mundo y que vive y trabaja sin empeñarse en ser lo que podía haber sido si las circunstancias hubieran sido otras y no las suyas. Toda una lección de buen hacer desde su rincón. La sabiduría de Sancho.

    Pueblo de León en medio del Camino de Santiago.- Las mujeres se quedan extasiadas ante la pequeña pantalla que ilumina la sobremesa aldeana. Fuera soplan vientos otoñales: "-¡Qué suerte tiene esa señora, haber conocido a ese hombre tan bueno! ¡Y siendo viuda, la pobre!", exclaman casi al unísono varias de aquellas mujeres, casi todas viudas.
    El hombre bueno de la serie Calle Nueva, que Televisión Española emitía en la sobremesa hacia finales de los 90, era Paco Merino y, sí, verdaderamente la viuda aquella había tenido una suerte loca. Una suerte enorme al encontrarse a Paco Merino en medio de las tribulaciones, con el berenjenal de familia que le había quedado al morir su esposo. Porque el bueno de Paco Merino, aparte de consolar a la pobre viuda, era el encargado de poner calma y sosiego en medio de aquel río revuelto donde todos eran malos malísimos, mucho más de lo que parecían. Verdaderamente... ¡Qué habría sido sin él, sí, de aquella pobre viuda! La cosa daba mucho que pensar. Verdaderamente.

    Poco después tuve la suerte de conocer a Paco Merino en persona, fuera de la pantalla y aún de los escenarios. Estábamos en la SGAE celebrando la salida del libro de su amigo, el también actor Juan Jesús Valverde (Los pasos de un actor, ed. Ariel) y allí se me mostró tal como es él en la vida real. Cosa curiosa, me encontré con un Paco Merino idéntico al de la serie, igualito al personaje cuyo nombre ya he olvidado. ¿Para qué iba a recordarlo si eran idénticos? Con prontitud inusitada, me dirigí a él en pleno brindis por el libro:

    -Que dice mi madre que es usted buenísimo, una buenísima persona. Lo ve a usted todas las tardes.
    -Pues póngame a los pies de su señora madre -repuso Paco con voz pausada, la misma que tenía en la dichosa serie. Empecé a pensar que no era tan vergonzante ver esas series, sobre todo si en ellas salían personajes como Paco Merino.

    Efecto de la copa, me atreví a pedirle también una foto, que se retratara conmigo a lo que accedió, y fue la actriz Amparo Clíment quien ofició de fotógrafa (todavía no le he devuelto el favor). Así podría yo demostrar en mi pueblo, a todo el que lo pusiera en duda, que lo conocía. Que me codeaba yo en los madriles con tan ilustre personaje. Que rabiaran las viudas.

A través de Juan Jesús Valverde, vecino de Los Austrias, acudí a verlos representar Trampa para un hombre solo, en el Teatro Muñoz Seca. Cosa curiosa, Paco Merino hacía un personaje que ni pintado para él. Secundario y perfecto. También por entonces hizo en el Círculo de Bellas Artes aquel monólogo de Salvador Enríquez, El hombre que no vio el mar, y lo bordó.

¿Será que Paco Merino tiene la virtud de hacer que todos sus personajes se le asemejen? ¿Y que tan grande es su apropiación de ellos, que lo logra? Yo creo que los trabaja tanto, que no para hasta identificarse, hasta hacerse él con ellos y ellos con él. Que se los aprende de memoria a través de un enorme trabajo sobre el texto. Es posible y hasta seguro, algo que, de ser así, compartiría con Saza, por ejemplo. No sé. Siempre le he visto magistral en sus papeles sin ser éstos excesivamente importantes y creo que el secreto no es otro que el trabajo minucioso y constante. De compromiso total con su quehacer.

    A vueltas con mi manía medievalista, voy al diccionario: Merino es, según el Diccionario Etimológico Corominas, "la autoridad puesta por el rey o un gran señor para ejercer funciones fiscales y posteriormente judiciales y militares sobre cierto territorio." Pero también: "perteneciente a la especie mayor (maiorinus) en cualquier materia, aplicado en la Edad Media a las autoridades". Todo me da la razón.Y hasta Merino Mayor había, lo cual es una redundancia, puesto que Merino (maiorinus) ya lo significa de sí y por sí, por contraposición a otros. Un cargo que dio lugar a un topónimo que aún pervive en Castilla la Nueva: Merindades. Haría en esto también Paco Merino honor a su apellido. Sería el Merino Mayor. El mejor en su puesto.


María Anunciación Fernández Antón 


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AGUSTÍN GONZÁLEZ es uno de los pocos actores de los que se puede decir que llena el escenario


    Agustín González es uno de los pocos actores de los que se puede decir que llena el escenario, la pantalla o el cartel donde le pongan, con su sola presencia. Uno de los pocos, escasísimos en su oficio, de los que se puede decir que estando él en el reparto, uno no se va de allí con las manos vacías. Por mala que sea la obra. Por mucho que no haya nada que salvar de ella, de su argumento, de su temática, de sus métodos, si está Agustín González... ¡Ah, me quedo!

    Son palabras mayores cifradas en un nombre y en un apellido de lo más vulgares (perdón por la licencia, una misma lleva el sufrido Fernández), lo que significa que en cada una de sus actuaciones Agustín González fue dejando indeleble su huella y marcando con ella lo más profundo de nuestras memorias hasta hacer de su nombre casi una marca registrada. Y uso La palabra 'memorias' en plural porque me consta que no es sólo a mí, ni siquiera a unos pocos aficionados a quienes su figura conmueve, sino que sus actuaciones y su persona forman parte ya de eso tan abstracto pero tan bien entendible que venimos llamando memoria colectiva.

    Para decirlo con palabras del crítico Andrés Arconada, Agustín siempre sale ileso de sus actuaciones, no hay ni una sola en que él no se salve por malo que sea el papel encomendado. "Agustín, eres un asco, no se puede decir nada malo de ti", rabia amistosamente el crítico.

    Pero este salir ileso debe extenderse también a la vida privada, porque es imposible encontrar a alguien, ni siquiera un compañero de fatigas que te pueda proporcionar una mala crítica, una malicia sabrosa de esas que tanto gustan y que dan para reírse un rato entre colegas de oficio, mucho menos un chismorreo malintencionado sobre Agustín González. Un hombre tímido, afable, muy currante, con un gran sentido del humor y que hasta canta flamenco y zarzuela. Canta zarzuela y flamenco y la canción que se oye al principio de El Verdugo lleva su voz. Con estas condiciones un actor sólo puede serlo de arriba abajo.

    Empezó muy temprano en el teatro y aunque el éxito le llegó con Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre, a las órdenes de Luis Prendes en el Teatro Beatriz, ya había debutado antes en el Teatro Español con Tres sombreros de copa, de Mihura, a las órdenes de Gustavo Pérez Puig. A este Teatro ha seguido unido hasta el momento, pues la temporada pasada actuó en el reparto de El alcalde de Zalamea. No era el papel principal, sólo un militar aquejado de gota que deseaba poder encontrar posada y descansar castellanamente, pero aquel dolor en la pierna de Agustín González quedó inmortalizado para siempre.

    En este Teatro Español representaría la obra que lo consagró definitivamente: Las bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán-Gómez (la película también, sí, pero sobre todo la obra de teatro). Sobre este escenario dio entonces Agustín la medida precisa y exacta de lo que es un genio. Un papel dificilísimo para el que, por seguir con el citado crítico Arconada, "hay que ser muy hombre para hacer bien ese papel, no basta con ser buen actor, hay que ser además muy hombre."



    En sus muchos años en el Teatro Beatriz recreó obras y compuso en ellas personajes inolvidables, tanto españoles como extranjeros, que forman un corpus envidiable capaz de dejar con la boca abierta al más plantado y en el que Agustín González siempre estuvo magistral: Luces de bohemia, de Valle-Inclán, Sopa de pollo con cebada, de Wesker, Todos eran mis hijos, de Miller, y un largo etcétera que no está en mi propósito agotar. También ha triunfado en el cine y en la televisión.

    Muy recientemente aún, lo he visto hablando en público: era en el salón de cristales del Ayuntamiento de Madrid, donde presentaba (o mejor 'representaba' porque todo él es representación en el más puro sentido de la palabra) la XXV Semana de Cine Español en Carabanchel, que lo ha nombrado padrino de honor y le premia con la entrega del Puente de Toledo. Contó anécdotas, habló de su afición a los toros, de las tardes pasadas en la de Vista Alegre, nos tuvo con la boca abierta, de pie y cansados como estábamos, sin permitirnos el más mínimo bostezo. Eso es un actor, que encanta sobre todo por su sencillez.

     Cómo sube al escenario, cómo se lo piensa antes de hablar, cómo agacha la cabeza como buscando las palabras que no vienen, cómo carraspea. Yo que odio los carraspeos, me quedo extasiada esperando: ¿Pero no va a decir nada más? Agustín, por favor, di más, que esta gente se merece tu palabra. Y la están esperando. Hay que rogar para que, una vez arrancado, no nos deje así. Que no tenemos prisa con tal de seguir oyéndote, Agustín González.

 

Fotos: Cedidas por los organizadores de la XXV Semana de cine español en Carabanchel

María Anunciación Fernández Antón 

 

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